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Carta del Obispo a los fieles de Segorbe-Castellón sobre la Santa Misa Crismal

Castellón de la Plana, 12 de marzo de 2018

SANTA MISA CRISMAL

A todos los fieles cristianos de Segorbe-Castellón:

sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos

 Amados todos en el Señor Jesús:

Cercana ya la Semana Santa os invito un año más a todos a la Santa Misa Crismal que celebraremos, D.m., el próximo día 26 de marzo, Lunes Santo, a las 11:00 de la mañana en la Santa Iglesia Basílica Catedral de la Diócesis en Segorbe.

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Acercarse al Sacramento de la Penitencia

Queridos diocesanos:

La Cuaresma es un tiempo propicio para la conversión de vida a Dios y para dejarse reconciliar con Dios. Como en el caso del hijo pródigo, Dios está esperando siempre a que regresemos a la casa del Padre, sale a nuestro encuentro y nos ofrece el abrazo del perdón amoroso mediante la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia. Quien conoce la profundidad del amor de Cristo y de la misericordia del Padre, siente la insuficiencia de sus respuestas, el dolor por la propia infidelidad al amor de Dios y la urgencia de conformarse cada vez más con la caridad de Cristo. Leer más

Pon la X en la Declaración de la Renta

 

 

Queridos diocesanos:

En este tiempo pascual escuchamos las palabras de Jesús: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). La fuerza y la eficacia de esta misión de nuestra Iglesia descansan en último término en Dios, que la sostiene por medio de Jesucristo y por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el Señor Jesús puso la tarea ingente de la evangelización en manos de los Apóstoles y en manos de su Iglesia, que formamos todos los cristianos. La misión de nuestra Iglesia corresponde, pues, a todos los bautizados: todos estamos llamados a una colaboración activa y responsable en dicha misión. Una colaboración que comienza con una vida de fe personal y comunitaria, coherente y testimoniante, que pasa por la implicación en las tareas de la Iglesia y que incluye también nuestra colaboración económica. Leer más

La Virgen del Carmen, Stella maris y patrona de la gente del mar

Queridos diocesanos:

El día dieciséis de julio celebramos la Fiesta de la Virgen del Carmen en muchas de nuestras parroquias. La gente del mar la honra como su Patrona. El origen de la devoción a la Virgen del Carmen está en el monte Carmelo, el monte sagrado que el profeta Elías convirtió en signo y refugio de la fidelidad al Dios único y en el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo de Israel (1R 18,39). Como el profeta Elías, “abrasado de celo por el Dios vivo”, así también los ermitaños cristianos se recogieron durante las cruzadas en las grutas de aquel monte y formaron la familia religiosa del Carmelo. Recordando a María, la Orden del Carmelo se puso desde sus orígenes bajo su patrocinio e hizo del Monte Carmelo el signo del camino hacia Dios.

La tradición relaciona a María con la nube blanca divisada desde la cumbre del Carmelo cuando el profeta Elías suplicaba a Dios que pusiese fin a una larga sequía. Mientras Elías oraba a Dios por la lluvia, mandaba a su criado una y otra vez que subiera a la cumbre del monte. A la séptima vez le dice el criado: “Se divisa una nubecilla, pequeña como la palma de la mano de un hombre, la cual sube del mar… Y en brevísimo tiempo el cielo se cubrió de nubes con viento, y cayó una gran lluvia” (1 Re 18, 44). En esa nubecilla, semejante ‘a la palma de un hombre’ y cargada de lluvia, se reconoció la figura de la Virgen. Porque María por ser la Madre de Dios, es como la nube que nos da al Salvador, la Luz que nos guía en el mar de nuestra existencia.

María se convierte así en la “Stella maris”, la estrella que guía el rumbo de  nuestra existencia por las difíciles aguas del mar de la vida. Como los marineros de antaño, que leían la posición de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano, así la Virgen María como estrella del mar nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. María es la Madre de Dios; ella nos da, nos muestra y nos quiere llevar a su Hijo, el Hijo de Dios vivo. La Virgen del Carmen es camino privilegiado para nuestro encuentro con Cristo Jesús y también con el prójimo. La Virgen no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). El verdadero cristiano se sabe llamado por Jesús, para contemplar en él la misericordia de Dios, para acogerla, experimentarla y dejarse transformar y llevar a todos la alegría del Evangelio. El Señor nos enseña y capacita para ser mensajeros de la Buena Noticia, la misericordia de Dios para todos, también en el mundo del mar.

En este día tenemos muy presentes a los hombres y mujeres del mar. Y les encomendamos en este Jubileo de la Misericordia a la Virgen del Carmen, para que de sus manos descubran en sus duros trabajos la alegría de la ternura de Dios. Nadie como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios porque toda su vida estuvo plasmada por la presencia de la misericordia hecha carne y en su compañía podremos entrar seguros en el santuario de la misericordia de Dios y participar íntimamente del misterio de su amor. Pidamos para que los hombres y mujeres del mar experimenten en sus vidas el maravilloso don de la misericordia divina de la mano de su patrona, nuestra Señora la Virgen del Carmen.

Fue en el Monte de las Bienaventuranzas en Palestina, mirando al mar de Tiberíades, donde Jesús pronunció aquellas palabras: “Bienaventurados los misericordiosos”. Estas palabras de Jesús han llegado hasta nosotros a través de sus primeros discípulos, muchos de ellos pescadores, que se dejaron transformar por la misericordia de Dios y se convirtieron en sus testigos. Hoy como ayer, la misericordia es el corazón del mensaje del Evangelio, es la vía que une a Dios y al hombre y que abre nuestro corazón a la esperanza de ser amados sin tener en cuenta el límite de nuestro pecado. La misericordia de Dios es la que da sentido a toda nuestra vida, y sana nuestros corazones heridos por tantos golpes. También la gente del mar sabe por experiencia propia que en las horas difíciles solo la misericordia de Dios y la protección de la Virgen del Carmen dan la verdadera paz.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Corazón de Jesús, revelación y fuente de la Misericordia divina

Queridos diocesanos:

El mes de Junio está dedicado en nuestra Iglesia al Sagrado Corazón de Jesús. Para el papa Pío XII, esta devoción tan extendida entre nosotros es como la síntesis de la fe y de la vida cristiana.

En efecto, la palabra corazón en la sagrada Escritura -y también en nuestro lenguaje- designa no sólo el órgano fisiológico, sino principalmente el centro de la persona: el punto donde confluyen los pensamientos, los sentimientos, los afectos y las motivaciones más profundas de una persona. Y el corazón es símbolo del amor. Cuando hablamos del Corazón de Jesús nos referimos a lo más íntimo de su ser, a lo que le mueve en todo momento, a su amor. Eso incluye sus sentimientos, pero sobre todo su amor, que en Jesús es humano y divino al mismo tiempo.

A través del Corazón de Jesús se nos revela su intimidad más profunda, y ésta aparece como misericordia. Como acaba de decir el papa Francisco, el Corazón de Jesús, “no es sólo el corazón que tiene misericordia de nosotros, sino la misericordia misma. Ahí resplandece el amor del Padre; ahí me siento seguro de ser acogido y comprendido como soy; ahí, con todas mis limitaciones y mis pecados, saboreo la certeza de ser elegido y amado. Al mirar a ese corazón, renuevo el primer amor: el recuerdo de cuando el Señor tocó mi alma y me llamó a seguirlo” (Homilía 03.06.2016). El Corazón de Jesús nos muestra que su amor no tiene límites, no se cansa y nunca se da por vencido. En él vemos su continua entrega sin límite alguno; en él encontramos la fuente del amor dulce y fiel, que deja libre y nos hace libres; en él volvemos cada vez a descubrir que Jesús nos ama “hasta el extremo” (Jn 13,1), sin imponerse nunca; está inclinado hacia nosotros, especialmente hacía el que está lejano; es la ‘debilidad’ de un amor particular, porque desea llegar a todos y no perder a nadie.

Todo el ser de Jesús arde de amor hacia el ser humano. La humanidad de Jesucristo está impregnada de ese amor: Dios se ha hecho hombre por amor a todos los hombres, se ha abajado hasta nosotros para que podamos contemplar su rostro misericordioso y experimentar su amor. Toda la humanidad de Cristo, sus gestos, sus miradas, sus palabras y sus sentimientos muestran su misericordia. Como señaló san Juan Pablo II, Cristo “es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente”.

Al Corazón traspasado de Jesús debemos recurrir para alcanzar el verdadero conocimiento de Dios y experimentar a fondo su amor y su misericordia. Ahí podemos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en él, hasta vivir completamente desde la experiencia de su amor, para dejarnos transformar por él y para poder llevarlo a los demás. Como escribió san Juan Pablo II, “junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así … sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la civilización del  Corazón de Cristo” (Carta de Juan Pablo II de 5 de octubre de 1986).

La principal necesidad de todo hombre está en encontrar un amor que dé un sentido total a su existencia: está hecho para amar y para ser amado. El amor misericordioso de Dios nos enseña el valor de cada hombre, de todo hombre. El Corazón de Jesús se nos ofrece como fuente de la misericordia, donde podemos curar nuestra afectividad, enderezar nuestra voluntad y encontrar el estímulo para amar a nuestro prójimo.

El misterio del amor de Dios es el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús y el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. Evangelizar el mundo es llegar y llevar al Corazón de Cristo, revelación y fuente del amor misericordioso del Padre.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Diáconos, servidores de la misericordia

Queridos diocesanos:

El próximo día 11 de junio, D.m., en la iglesia parroquial de la Asunción de Onda, ordenaré de diáconos a dos jóvenes seminaristas. Estos dos diáconos, que después de un tiempo serán ordenados presbíteros, son dos nuevos dones de Dios a nuestra Iglesia diocesana, que acogemos con mucha alegría y con profundo agradecimiento, y más, si cabe, en tiempos de escasez de vocaciones al sacerdocio.            Recordemos que diácono viene de diakonía, que significa servicio; el diacono es, por lo tanto, ‘servidor’. Mediante la imposición de las manos y la oración consagratoria, el Señor resucitado derramará sobre cada ordenando su Espíritu Santo y le consagrará diácono. Así quedarán constituidos para siempre en signo e instrumento de Cristo, siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. Los diáconos habrán de ser con su palabra y con su vida signo de Cristo, siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz para la salvación de todos. Todas las funciones del diácono se sintetizan en una palabra “servicio”: servicio en “el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29) para que todos los hombres se encuentren en Cristo, la misericordia encarnada de Dios.

Cristo, “se ha hecho diácono de todos”, escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus discípulos, los diáconos. La actitud de servicio es una de las características que Jesús, nuestra Iglesia y nuestro mundo piden y esperan de los diáconos siempre -también cuando sean ordenados presbíteros. Para mantener viva esta actitud, el diácono ha de ser un discípulo enamorado del Señor, siervo, y un ardoroso misionero en el servicio. Es algo que debe cuidar y aprender a vivir día a día con sumo esmero. El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar la buena Nueva, que es Jesucristo, debe imitarlo, debe aspirar a ser siempre un servidor como él. Servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde y obediente al Padre hasta la cruz.

El papa Francisco acaba de decir a los diáconos (Homilía 29.05.21016) que para ser siervos hay que comenzar por vivir la disponibilidad a tiempo total; hay que ser solícitos para el hermano y estar siempre abiertos a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios; y que hay que vivir la mansedumbre y la humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarse, hacerlos sentirse acogidos en casa y en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve. Así crecerá el diácono como ministro de la caridad y de la misericordia.

Nuestra sociedad y nuestro Pueblo de Dios tienen necesidad de diáconos, que sean discípulos configurados con el corazón de Cristo, siervo, y ardorosos misioneros de la nueva Noticia: servidores de la misericordia de Dios ejercitando las obras de misericordia corporales y espirituales, atentos siempre a las necesidades de los más pobres, frágiles y necesitados, y promotores de una cultura del encuentro, de la reconciliación, de la fraternidad y de la misericordia. Esta actitud del servicio a todos tiene como primer objetivo vivir en todo momento fieles a Cristo Siervo e imitar al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos y deseoso de curar y sanar, de comunicar Vida y Salvación.

Pidamos a Dios por estos dos nuevos diáconos: para que imiten siempre en su vida a Cristo, Siervo, y como él sean servidores con entrañas de misericordia para con todos, en especial para con los más pobres y necesitados de pan, de cultura y de Dios.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón