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La bendición del Hogar Nazareth culmina el proyecto diocesano del Jubileo de la Misericordia

Mons. Casimiro López Llorente ha bendecido esta tarde, 14 de noviembre, el Proyecto Sí a la vida – Hogar Nazareth. Se culmina así el proyecto diocesano que nació con motivo del Jubileo de la Misericordia en 2016 para acoger a jóvenes madres solteras. El Obispo ha deseado que esta casa sea “de verdad un signo visible de la Misericordia, que nos lleve a ser misericordiosos como el Padre, en este caso con las jóvenes que se encuentran con una necesidad y así realmente seamos promotores de la vida”.

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Peregrinación Hogar Nazareth

La Peregrinación Diocesana de San Vicente destinará la colecta al Hogar Nazareth

La peregrinación diocesana a la Catedral de Segorbe con motivo del Jubileo de San Vicente Ferrer, el próximo sábado 9 de marzo, destinará la colecta al proyecto Sí a la Vida – Hogar Nazareth. Esta iniciativa nació en el Año de la Misericordia. El 13 de febrero de 2016, más de mil fieles de los arciprestazgos de Castellón y la Costa iniciaban, como la próxima semana, las peregrinaciones a la Catedral de Segorbe. Al final de la celebración, Mons. Casimiro López Llorente hizo un anuncio: respondiendo a la invitación del Papa para que este jubileo tuviera continuidad en un proyecto concreto, la Diócesis impulsaría una casa de acogida para jóvenes que, a raíz de su maternidad, se encuentran en situaciones complicadas por falta de recursos, exclusión social, rechazo de la familia u otras circunstancias que las hacen vulnerables a la hora de acoger la vida de su bebé.

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La dignidad de toda vida humana

Queridos diocesanos:

            Como fruto visible del Jubileo de la Misericordia, nuestra Diócesis puso en marcha el “Proyecto sí a la vida, Hogar de Nazaret”. Está pensado para acompañar a adolescentes embarazadas y ayudarles en la acogida de la vida que llevan en su seno. Es un compromiso más de nuestra Iglesia en nuestro ‘Sí, a toda vida humana’ en todos los momentos y circunstancias de su existencia terrenal.   

            El derecho a la vida es un derecho universal, que corresponde a todo ser humano. El primer derecho de una persona humana es su vida; es el bien fundamental, condición para todos los demás. Las cosas tienen un precio y se pueden vender, pero las personas tienen una dignidad que no tiene precio y que vale más que cualquier otra cosa. Por el sólo hecho de haber sido querido por Dios y creado a su imagen y semejanza, todo ser humano tiene una dignidad innata e inalienable que pide y merece ser reconocida, respetada y promovida por parte de todos. La vida de todo ser humano, en cualquier fase de su desarrollo, desde su fecundación hasta su muerte natural es inviolable. El respeto y la defensa de toda vida humana es la primera expresión de la dignidad inviolable de toda persona humana. 

            Toda vida humana siempre ha de ser acogida y protegida -ambas cosas juntas: acogida y protegida- desde la concepción hasta la muerte natural, y todos estamos llamados a respetarla y cuidarla. Por otro lado, es responsabilidad del Estado, de la Iglesia y de la sociedad acompañar y ayudar concretamente a quienquiera que se encuentre en situación de grave dificultad, para que nunca sienta a un hijo como una carga, sino como un don, y no se abandone a las personas más vulnerables y más pobres. Muchas veces nos hallamos en situaciones donde vemos que lo que menos vale es la vida de un ser humano. Por esto la atención a la vida humana en su totalidad se ha convertido en los últimos años en una auténtica prioridad del Magisterio de la Iglesia, particularmente a la más indefensa, o sea, al discapacitado, al enfermo, al que va a nacer, al niño, al anciano, que es la vida más indefensa.

            Entre nosotros se extiende la así llamada ‘cultura de la muerte’, basada en el egoísmo individualista. A nuestra sociedad le aqueja una grave incoherencia, un doble lenguaje y una doble vara de medir a la hora de reconocer, respetar y promover el derecho a la vida. En la cultura del culto al cuerpo, se subraya la importancia y el valor de la vida de los sanos, pero no se valora igual la vida de los enfermos incurables, ni de los discapacitados, ni la de los ancianos, ni la de los niños no nacidos. Una mentalidad muy difundida de lo útil, la “cultura del descarte” -en palabras del papa Francisco-, esclaviza los corazones y las inteligencias de muchos. Esta “cultura” pide eliminar seres humanos, sobre todo si son física o socialmente más débiles e improductivos. 

            Nuestra respuesta a esta mentalidad es un ‘sí’ decidido y sin titubeos a la vida. La vida de todo ser humano es un bien en sí mismo. Además, en el ser humano frágil cada uno de nosotros está invitado a reconocer el rostro del Señor, que en su carne humana experimentó la indiferencia y la soledad a la que a menudo condenamos a los más pobres, débiles e indefensos. Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo, que antes aún de nacer, y después recién nacido, experimentó el rechazo del mundo. Y cada enfermo, cada discapacitado, y cada anciano, aunque esté enfermo o al final de sus días, lleva en sí el rostro de Cristo. No nos pueden ser indiferentes ni pueden ser marginados o descartados.

            Los cristianos estamos llamados a sertestigos y difusores de la cultura de la vida humana frente a los desafíos de nuestro tiempo. Cada vida es un don de Dios y una responsabilidad nuestra. El futuro de la libertad y de la humanidad de nuestra sociedad depende del modo en que sepamos responder a estos desafíos. No podemos eludir estas cuestiones ni silenciarlas. Son aspectos irrenunciables de la misión de la Iglesia y pertenecen al núcleo de lo que nos ha sido transmitido por el Señor. Esto no sólo requiere palabras sino también hechos; y pide conquistar espacio en el corazón de los hombres y en la conciencia de la sociedad. Es éste un compromiso de evangelización que requiere a menudo ir a contracorriente. El Señor cuenta con nosotros para difundir el “Evangelio de la vida”.

            Con mi afecto y bendición,

            +Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón 

Peregrinación San Vicente Ferrer

Peregrinación diocesana jubilar de san Vicente Ferrer a la Catedral de Segorbe

La Diócesis convoca a una peregrinación a la Catedral de Segorbe, templo jubilar, con motivo del Año santo vicentino, por el que se conmemoran los 600 años de la muerte de San Vicente Ferrer. El evento será el sábado 9 de marzo a partir de las 11h en la parroquia de Santa María, desde donde se irá en procesión hasta la Iglesia Madre para celebrar la Eucaristía presidida por Mons. Casimiro López Llorente. Recuperando el proyecto del Jubileo de la Misericordia de 2016, la colecta se destinará a la iniciativa “Sí a la Vida – Hogar Nazareth”, de apoyo a jóvenes madres solteras.

En su carta del 6 de abril del año pasado, al inicio del Jubileo, el Obispo “este Año Vicentino os ofrece a todos un tiempo de conversión personal, comunitaria y pastoral, una ocasión para centrar nuestras vidas en el Señor Jesucristo, que nos apremia a la misión de la nueva evangelización, y una oportunidad para que todo el pueblo de Dios conozca con mayor profundidad la figura de San Vicente Ferrer”.

En este sentido, la Delegación de Liturgia está preparando unos materiales para que en las parroquias se pueda preparar espiritualmente la peregrinación, y que próximamente estarán a disposición de los fieles. Consistirá en catequesis y un modelo de celebración penitencial para hacer en las parroquias. Durante la peregrinación habrán sacerdotes disponibles para confesar, y los actos contarán con una reliquia del Santo cedida para la ocasión por el Colegio Imperial Niños Huérfanos de San Vicente Ferrer. La predicación será a cargo del dominico José Manuel Alcácer. En el plan organizativo, cada parroquia verá cómo dispone el desplazamiento y la comida.

Devoción muy extendida

La fecha del VI Centenario de la muerte de san Vicente Ferrer es el 5 de abril de 2019. Por ello los Obispos de la Comunidad Valenciana solicitaron a la Santa Sede una concesión para el Año Jubilar, desde el 9 de abril de 2018 hasta el 29 de abril de 2019. Mons. López Llorente describía al patrono de la Comunidad Valenciana, como “un gran santo, un gran evangelizador y un apóstol incansable de la unidad y la paz. Su devoción se halla extendida por los numerosos lugares que recorrió en Europa a lo largo de su vida. También en nuestra Diócesis, numerosos templos, ermitas, capillas, altares, imágenes y cuadros nos recuerdan la huella que dejó en su periplo de apostolado y predicación por muchos de nuestros pueblos y que aún mantienen viva la memoria de su paso, de su predicación y de sus milagros”.