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esperanza retiro adviento

La virtud de la esperanza centra el retiro sacerdotal de Adviento

Una buena parte de los sacerdotes de la Diócesis participaron el lunes pasado en el retiro de Adviento organizado por la Vicaría para el Clero y que tuvo como predicador al director del secretariado de la Comisión Episcopal para el Clero, Juan Carlos Mateos. El tema fue la esperanza, ya que según el ponente es “el pulmón del sacerdote porque donde los otros no ven solución, nosotros tenemos una mirada mayor puesto que Dios tiene la última palabra”.

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Visita pastoral Esperanza

El Obispo exhorta a extender la adoración en la Visita Pastoral a la Esperanza

“No sabía que me haría tanto bien. Cada vez salgo con una paz inmensa y espero el jueves siguiente con impaciencia”. “Vine con mi marido que siempre me arrastra, y me llena mucho”. Son dos testimonios que el equipo de adoradores de la parroquia de Ntra. Sra. de la Esperanza ha transmitido al Obispo en su segundo día de visita pastoral. Desde noviembre del año pasado, cada jueves el templo está abierto de 10 a 20h con el Santísimo expuesto. Mons. López Llorente ha subrayado la importancia de iniciativas como ésta: “La Nueva Evangelización vendrá del calor espiritual que tengamos cada uno de nosotros”.

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Segorbe celebra su patrona bajo las advocaciones de la Esperanza Loreto y la Cueva Santa

Segorbe celebra esta semana sus fiestas patronales dedicadas a la Virgen bajo tres advocaciones: la Esperanza Loreto y la Cueva Santa. El miércoles pasado Mons. Casimiro López Llorente presidió la misa y procesión en la ermita de la Esperanza. Hoy, viernes, es el turno de Loreto con la misa a las 12h y la procesión a las 20h. El fin de semana se honrará a la Blanca Paloma.

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La Inmaculada, signo de esperanza

Queridos diocesanos:

Un año más nos disponemos a celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, particularmente querida en nuestro pueblo cristiano. En la Madre de Jesús, primicia de la humanidad redimida, Dios obra maravillas, colmándola de gracia y preservándola de toda mancha de pecado.

En Nazaret, el ángel llama a María “llena de gracia”: estas palabras encierran su singular destino, pero también, en sentido más general, el de todo hombre y mujer. La “plenitud de gracia”, que para María es el punto de partida, es la meta para todos los hombres. Como afirma el apóstol Pablo, Dios nos ha creado “para que seamos santos e inmaculados ante él” (Ef 1, 4). Por eso, nos ha “bendecido” antes de nuestra existencia terrena y ha enviado a su Hijo al mundo para rescatarnos del pecado. María es la obra cumbre de esa acción salvífica; es la criatura ‘toda hermosa’, ‘toda santa’.

A todos, independientemente de sus circunstancias, la Inmaculada nos recuerda que Dios nos ama de modo personal, que Dios quiere únicamente nuestro bien y nos sigue constantemente con un designio de gracia y misericordia, que alcanzó su culmen en el sacrificio redentor de Cristo.

La vida de María nos remite a Jesucristo, único Mediador de la salvación, y nos ayuda a ver nuestra propia existencia como un proyecto de amor, en el que es preciso cooperar con responsabilidad. María es modelo de la llamada y también de la respuesta. En efecto, ella dijo ‘sí’ a Dios al comienzo y en cada momento sucesivo de su vida, siguiendo siempre y plenamente su voluntad, incluso cuando le resultaba oscura y difícil de aceptar. María responde al amor de Dios hacia ella con su fe confiada y su entrega total a Dios. “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según palabra” (Lc 1,38).

María vive toda su existencia desde la verdad de su persona, que ella descubre sólo en Dios y en su amor. La Virgen es consciente de que ella es nada sin el amor de Dios, y que la vida humana sin Dios solo produce vacío en la existencia. Ella sabe que la raíz de su existencia no está en sí misma, sino en Dios; ella sabe que está hecha para acoger el amor y para darse por amor. Por ello vivirá siempre en Dios y para Dios. En María, Dios dice Sí a la humanidad, y ella dijo Sí a Dios. María, aceptando su pequeñez, se llena de Dios, y se convierte así en madre de la libertad y de la dicha. Por su fe, María es modelo de fe para todos. Dichosa por haber creído, María nos muestra que la fe y la vida en Dios es nuestra dicha y nuestra victoria, porque “todo es posible al que cree” (Mc 9, 23).

En María la misma humanidad comienza a decir sí a la salvación que Dios le ofrece con la llegada del Mesías. La Purísima es así Buena Noticia para la humanidad. En ella. Dios, dador de amor y de vida, irrumpe en la historia humana. Dios no deja a la humanidad aislada y en el temor. Dios busca al hombre y le ofrece vida y salvación. Dios nos ama de modo personal, Él quiere sólo nuestro bien y nos busca con su designio de gracia y misericordia.

En un mundo con miedo y sin esperanza ante el futuro, la Inmaculada es signo de esperanza. En un contexto social que invita a prescindir de Dios en la vida, María Inmaculada nos llama a abrir nuestro corazón al misterio de Dios y a acogerlo con fe. Solo en Dios y en su amor está la verdad del hombre. Sólo en Dios lograremos desarrollar lo mejor que hay en nosotros.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

En Adviento, avivemos la Esperanza

Queridos diocesanos:

Este domingo comenzamos el Adviento. El Adviento es el tiempo fuerte o especial que la Iglesia nos ofrece para prepararnos a la celebración del nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, en la Navidad, y a su venida al final de los tiempos. Toda la vida de un cristiano debería ser como un adviento continuado; un tiempo de acogida permanente del Señor que viene a nosotros, a nuestras vidas y a nuestra historia.

En nuestro mundo y también en nuestra Iglesia hay signos de obscurecimiento de la verdadera esperanza. El hombre actual está de vuelta de muchas grandes ilusiones y tiene miedo al futuro. Aumentan el invidualismo y el egoismo que conducen a una crisis del ‘nosotros’ y a la pérdida de solidaridad; existe una falta de confianza en el futuro  que se muestra en la crisis de la acogida de la vida humana o la difusión del esoterismo. Ahí están también las nuevas pobrezas y la crisis de la familia, fundada en el matrimonio. Es cierto que no faltan signos de un despertar religioso, pero es preocupante el desalojo de Dios de la vida de muchos, o la ‘silenciosa y tranquila apostasía de las masas’ de la fe cristiana y de la práctica eclesial. Avanza una cultura ‘de tejas abajo’, cerrada a Dios, y una cultura del disfrute de lo inmediato y de lo efímero en la búsqueda de la felicidad posible.

También entre cristianos hay una crisis de la esperanza y una creciente indiferencia respecto de la vida eterna que es la que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida. La vida eterna, en la que profesamos creer en el Credo, es la plena unión con Dios mismo; Dios mismo en persona y su visión perfecta, que iluminará nuestro deseo de conocer, son el premio y el término de nuestras fatigas. Asimismo, la vida eterna dará una perfecta satisfacción a nuestro deseo de felicidad, que ninguna cosa ni persona creada pueden colmar.

El Adviento, a la vez que nos prepara a la celebración de la Navidad, la primera venida del Hijo de Dios, dirige nuestra atención hacia la vida eterna y hacia la espera de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos, cuando llevará a plenitud su obra de salvación. Él y su Reino están presentes ya entre nosotros y vienen a nosotros en su Palabra y en sus Sacramentos, en los hombres y en los acontecimientos de cada día.

Jesucristo es el sí definitivo de Dios al ser humano y la esperanza más profunda de los hombres. En Cristo, Dios ha llevado a la humanidad a su única y verdadera plenitud. Por su venida en la humildad de nuestra carne, el Señor realizó el plan de salvación de Dios. En Él, Dios ha restablecido de un modo único y definitivo la comunión con toda la humanidad y con toda la creación. En Él, la humanidad y el cosmos encuentran su sentido y realización últimos; y son purificados y liberados para siempre de la muerte física, social, ética, espiritual y cósmica. Cristo nos guía a la plenitud de la verdad y de la vida, y nos emplaza a ser fieles ‘hasta que El vuelva’.

El Adviento es tiempo para reavivar la esperanza teologal. Es la esperanza que arraiga en el amor incondicional de Dios, que huye de los optimismos frívolos, que lleva al compromiso y tiende hacia la plenitud al final del tiempo personal y al final de los tiempos. El cristiano ha de vivir su existencia desde la esperanza de la venida en el presente y en el futuro del Señor Jesús, con una fe viva, hecha obras de amor, con verdadera sed de Dios y con una presencia misionera en el mundo.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Las vocaciones, fruto de la fe y de la esperanza

Queridos diocesanos:

El IV Domingo de Pascua, 21 de abril, domingo del “Buen Pastor”, celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones al sacerdocio ordenado y a la vida consagrada. En sintonía con el Año de la fe, el lema de este año es: ‘Las vocaciones, signo de la esperanza fundada en la fe’. En efecto: las vocaciones de especial consagración son fruto de una fe confiada y llena de esperanza por parte de quien la recibe, así como de la oración por las vocaciones.

Toda vocación tiene su origen en Dios. Y Dios, que nunca abandona a su Iglesia, sigue llamando también hoy a hombres y mujeres al seguimiento de Jesús para poner su vida al servicio del Evangelio y de los demás. Es la fidelidad de Dios, sellada para siempre mediante su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación, la que fundamenta nuestra total confianza en Dios, contra toda apariencia. Dios tiene un amor eterno para con su Pueblo y muestra su amor a los que se dejan encontrar por su llamada.

Ahora bien: La llamada de Dios sólo se percibe cuando se atiende a Aquel que llama en una actitud de escucha y de apertura. De ahí la importancia de la oración para la pastoral vocacional. Sólo en el encuentro silencioso y amoroso con el Señor se escucha su llamada, se aviva y se refuerza la amistad con Dios y se sienten ganas de seguir a Cristo para llevarlo a los demás. “El secreto de la vocación -nos dijo Benedicto XVI- está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y seguir su voz. Pero para hacer esto es necesario acostumbrar a nuestro corazón a reconocer al Señor, a escucharle como a una Persona que está cerca y me ama… En una palabra: el secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece justamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca”. Hablar de oración es hablar de fe, pues la oración es la fe en acto. Quien ora, cree en Dios y a Dios, confía y se fía de Él, reconoce y acepta el primado de Dios en su vida, acoge la llamada y entrega su persona y su vida a Dios, es decir se consagra de por vida a Él.

Por eso es necesario crear a lo largo y ancho de nuestra diócesis ‘escuelas de oración’, como el ‘oratorio de niños’ y otros modos de oración para adolescentes y jóvenes. Las vocaciones sólo florecen en un terreno espiritualmente bien cultivado mediante el acompañamiento espiritual de niños, adolescentes y jóvenes, su asidua participación en los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia y su implicación en la vida y misión de la Iglesia, sin olvidar el ambiente familiar cristiano.

También la oración individual o comunitaria por las vocaciones son expresión de la fe y de la esperanza en la fidelidad de Dios con su Pueblo. La oración por las vocaciones es, ante todo, un acto de fe y de obediencia. Jesús nos pide que “roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace una humilde profesión de fe; al rogar por las vocaciones reconoce que son un don de Dios, que ha que pedir con súplica incesante y confiada. Nosotros no podemos producir vocaciones: deben venir de Dios. La vida sacerdotal y la vida consagrada están enraizadas en el plan de Dios para su Iglesia. No son fenómenos sociales o culturales de una época determinada, sino un don del Espíritu para la Iglesia de todos los tiempos. También para los tiempos presentes y futuros. Presente y futuro que confiamos a la bondad y a la fidelidad de Dios para con su Pueblo, la Iglesia.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón