Entradas

Imagen Cartas 320x200

Un tiempo de gracia

Queridos diocesanos:

Hace un par de semanas celebramos una Jornada sacerdotal de retiro y oración, con una numerosa participación de sacerdotes. Comenzábamos así con gozo y esperanza un proceso de oración, de estudio y de reflexión personal y comunitaria sobre la situación del clero de nuestra Diócesis, en el que iremos abordando progresivamente los distintos aspectos de la vida y el ministerio pastoral de los sacerdotes.

El Papa Francisco nos llama con insistencia a una “conversión pastoral” para afrontar los retos que nos plantean la misión evangelizadora de la Iglesia y el ejercicio del ministerio sacerdotal en el momento presente. Para ello, afirma el Papa Francisco, son necesarios “evangelizadores con Espíritu”, es decir, “evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo”, porque “Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo por una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (cfr. EG 259). Así pues, la conversión pastoral de nuestra Iglesia, de todos los evangelizadores y, en especial, de los sacerdotes y pastores supone siempre una apertura de corazón a la acción del Espíritu Santo, basada en un encuentro personal con el Señor en la oración y en una sincera reflexión personal hecha con toda humildad sobre la situación en que cada uno de los sacerdotes nos encontramos humana, espiritual y pastoralmente.  Supuesta esta ineludible apertura personal de corazón al Señor y a su gracia en la oración, son precisos y serán de gran ayuda una reflexión y un estudio a nivel de presbiterio sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes de nuestra diócesis.

Leer más

Jorge Segarra

Historia de una primera comunión

El 22 de mayo de 1995, Jorge hizo su primera comunión en la parroquia castellonense de San Cristóbal. Aunque formaba parte de una familia con una fe viva y comprometida, nada hacía sospechar que 23 años después ese niño sería el sacerdote que “in persona Christi” diría: “Esto es mi cuerpo”. Lo repite cada día desde que el cinco de mayo fue ordenado junto con 30 nuevos sacerdotes más de la Prelatura del Opus Dei. En la ceremonia, celebrada en Roma y presidida por el Cardenal Robert Sarah, estuvo acompañado por sus padres y cuatro hermanos con sus respectivas familias.

Leer más

Vicente Faubell La Llosa

El niño de La Llosa que quería “ser rector”

Ha sido el primero y, de momento, el único sacerdote nacido en La Llosa. Los restos de Vicente Faubell, escolapio, descansan desde marzo en su pueblo natal. Los familiares, amigos y vecinos participaron en la misa funeral celebrada el Viernes de Dolores. Fue un acto más del reconocimiento por aquel niño que, en unas obras en la iglesia parroquial, fue seducido por los frailes enterrados bajo el piso del templo, que organizaba procesiones con sus amigos y que pedía con insistencia a sus padres: “Vull ser rector”. Al final de su vida aseguraba que, si volviera a nacer, volvería a ser sacerdote.

Leer más

El Obispo agradece en la Misa Crismal la labor de los sacerdotes

Esta mañana se ha celebrado en la Concatedral de Santa María la Misa Crismal, segundo gran acto de la Semana Santa después del Domingo de Ramos. En esta eucaristía solemne, presidida por el Obispo, se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. Mons. Casimiro López Llorente ha agradecido el servicio de los sacerdotes: “Solo Dios sabe el bien inmenso que todo sacerdote fiel, bueno y entregado hace a nuestra comunidades. Contad en esta mañana con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de vuestro obispo y de los fieles”.

Leer más

El Seminario Menor acompaña las vocaciones con actividades extra-escolares

El Seminario Menor Diocesano se pone en marcha en el acompañamiento de chicos que siguen este itinerario vocacional con actividades por las tardes de oración, estudio y deporte. La propuesta se realiza en el Mater Dei de lunes a viernes a las 17h, y está dirigida a alumnos desde primero de la ESO a segundo de Bachillerato. Esta iniciativa se completa con las convivencias de fin de semana, que comienzan el sábado que viene.

Leer más

Ordenación de los diáconos David y Phuc

Iglesia parroquial de la Ntra. Sra. de la Asunción de Onda, 11 de junio de 2016

Fiesta de San Bernabé, Apóstol

(Act 11, 21b-26, 13,1-3; Sal972; Mt 10,7-13)

Hermanas y hermanos muy amados en el Señor, queridos David y Francisco Javier

1. El salmista nos invita en esta fiesta de San Bernabé, apóstol, a cantar “al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97). Hoy queremos cantar y dar gracias a Dios por el don de la vocación al sacerdocio ordenado y por el don de la ordenación diaconal de estos dos jóvenes: son las maravillas, que Dios hace hoy en nuestra Iglesia.

Vuestra vocación al sacerdocio ordenado, que se verifica hoy por la llamada de la Iglesia, en un don de Dios, es la semilla que Dios puso un día en vuestro corazón:  en tu caso, Phuc, la descubriste cuando eras aún un monaguillo; en el tuyo, David, con motivo de la muerte en accidente de tu hermana.

Hoy queremos dar cantar al Señor, antes de nada, y darle gracias por el don de vuestra vocación al sacerdocio. Dios, que os doy la vocación, ha ido cuidando también de vosotros y os ha ido enriqueciendo con sus dones a lo largo de estos años de acogida, discernimiento y maduración de la llamada; gracias le damos a Dios por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido; gracias le damos por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores; gracias de la damos por vuestras familias, que han apoyado en todo momento vuestra vocación y no han obstaculizado vuestra respuesta; gracias le damos por la ayuda que en el camino del discernimiento y maduración de vuestra vocación os han prestado vuestras comunidades, amigos y compañeros y, sobre todo, vuestros formadores en el Seminario: gracias a todo ello, vosotros os habéis convertido en tierra buena donde la semilla va dando sus frutos. Uno de esos frutos es ya vuestra ordenación diaconal.

Por todo ello, nuestra celebración es un motivo de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. La Iglesia entera se consuela hoy al ver que, no obstante la penuria vocacional que padecemos, Dios sigue llamando; nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida, madura y va dando sus frutos; nuestra Iglesia se consuela y se alegra al ver que, gracias al don de Dios y su acogida generosa por unos corazón jóvenes, sigue creciendo en su vitalidad, se refuerza en su fidelidad y se dilata en su capacidad de servir para que el Reino de Dios y el Evangelio de Jesucristo llegue a todos.

Demos gracias al Padre que nos llena con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo, que se conforman con Cristo y ponen sus propias fuerzas a disposición de su Iglesia. Es una acción de gracias llena de alegría y de gozo: para la Iglesia entera, para nuestra Iglesia Diocesana, para nuestros Seminarios Diocesanos y todos los responsables de vuestra formación. Y ¡cómo no! para vuestras familias y para cuantos, con la oración y el sacrificio, contribuyen cada día al bien de la Iglesia y a la promoción de las vocaciones sacerdotales.

2. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros, queridos David y Phuc, su Espíritu Santo y os a consagrar diáconos. Al ser ordenados de diáconos participaréis de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, Siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en vosotros una marca profunda e imborrable, que os conformará para siempre con Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis por la ordenación y habréis de ser siempre con vuestra palabra y con vuestra vida signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Sed en todo momento, como Bernabé, hombres de bien, llenos de Espíritu Santo y de fe, para que otros muchos se adhieran al Señor (cf. Act 11,24) .

Al ser ordenados diáconos sois llamados, consagrados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudaréis al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del Altar y en el ministerio de la caridad, mostrándoos servidores de todos, especialmente de los más pobres y necesitados. Es tarea del Diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. En la ceremonia de ordenación os entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

3. El diácono, en su condición de servidor de la Palabra, es a la vez destinatario y mensajero la Palabra. Para que vuestra enseñanza de la Palabra de Dios sea creíble, habéis de acoger con fe viva y vivida el Evangelio que anunciáis, con una fe que dé buenos frutos. Antes de nada, el mensajero del Evangelio ha de leer, escuchar, escrutar, estudiar, comprender, contemplar, asimilar y hacer vida propia la Palabra de Dios: el buen mensajero se deja configurar, guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea la luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo de vida según los postulados del Evangelio. Esto pide delicadeza espiritual y valentía para romper permanentemente con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen. La cerrazón de corazón, el egoísmo, la vanidad, el afán de poseer, la comodidad, la tibieza hacen infecunda la buena sementera de la Palabra de Dios.

Por la ordenación diaconal, vais a ser constituidos en mensajeros de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios no es nuestra palabra, no es vuestra palabra. En último término, la Palabra de Dios es el mismo Jesucristo quien pasará, podemos decir “sacramentalmente”, a otros por medio de vuestros labios y de vuestra vida, para que se encuentren con Él, se conviertan y adhieran a Él, se hagan discípulos suyos. Como a los Apósteles hoy os dice y envía el Señor:  “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19).

La Palabra de Dios es incisiva, inquieta la falsa paz de muchas conciencias, corta por lo sano cualquier ambigüedad y sabe llegar a los corazones más endurecidos. Seréis mensajeros de la Palabra de Dios tal como ésta ha sido siempre proclamada por la Iglesia y nos llega en la tradición viva de la Iglesia, y no con interpretaciones personales que miran halagar los oídos de quienes la escuchan. La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reduccionismos, sin miedos, sin complejos y sin fisuras  ante la cultura dominante o ante lo políticamente correcto. No es la Palabra de Dios la que debe ser domesticada a fin de reducirla a nuestros gustos y comodidades, o adaptada a lo que se lleva: somos nosotros quienes debemos creer, crecer y ayudar a otros para que lleguen a desarrollarse según la medida de la Palabra. No olvidemos nunca que no se trata de una Palabra que se impone, sino que se propone. ¡Cuánto respeto, cuánta oración, cuánto sentido del temor y del amor debe anidar en el interior de aquel, que hace resonar la Palabra de Dios y que debe explicar su sentido para la vida de las personas, de la comunidad eclesial y de la misma sociedad!.

Vivimos en una sociedad cada vez más descristianizada y pagana, en la que Dios, Cristo y su Evangelio son cada vez más desconocidos, ignorados e incluso proscritos. Confiados en la fuerza inherente de la Palabra de Dios no hay que tener miedo a ofrecerla como el verdadero camino que ilumina la realización de todo hombre y de todo el hombre. La Palabra de Dios es la única es capaz de derribar los ídolos y las falsedades mundanas, y de liberar al hombre de la diversas formas de esclavitud y de pecado, que truncan su verdadera dignidad y su vocación más alta. Como los Apóstoles en el evangelio de hoy-  los diáconos sois enviados a “curar enfermos, resucitar muertos, a limpiar leprosos y echar demonios” (cf. Mt 10, 8); como heraldos del Evangelio sois administradores de la salvación eterna, no de metas meramente limitadas y efímeras; estáis destinados a ser profetas de un mundo nuevo, de la nueva creación instaurada por la muerte y resurrección del Señor; sois portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas claves del hombre y de la tierra y que no se cierra en los pobres horizontes de este mundo.

4. Como diáconos seréis también los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Tendréis también el honor y el gozo de ser servidores del “Mysterium”. Se os entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

A los diáconos se os confía de modo particular el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. El ministerio de la caridad dimana de la Eucaristía, cima y fuente de la vida de la Iglesia. Cuando la Eucaristía es efectivamente el centro de la vida del diácono no sólo lleva a los creyentes al encuentro de comunión con Cristo, sino que también les lleva y les da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos. Atender a los pobres y necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse en bien del prójimo: estos son los signos distintivos del diácono, discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico. El amor al prójimo no se debe solamente proclamar, se debe practicar.

5. El Señor nos ha dado ejemplo de siervo y servidor. En vuestra condición de diáconos, es decir, de servidores de Jesucristo, servid con amor y con alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y benignos para con los demás; dedicad a los otros vuestra persona, vuestros intereses, vuestro tiempo, vuestras fuerzas y vuestras vidas; sed servidores de la Misericordia. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). El diácono, colaborador del obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de la Iglesia: es, a la vez, pan para el hambriento, luz para el ciego, consuelo para el triste y apoyo del necesitado.

Para ser fiel a este triple servicio vivid día a día enraizados en lo más profundo del misterio eclesial, de la comunión de los Santos y de la vida sobrenatural; vivid sumergidos en la plegaria de modo que vuestro trabajo diario esté lleno de oración. Sed fieles a la celebración de la Liturgia de las Horas; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que os está encomendada de modo directo. Esforzaos en fijar vuestra mirada y vuestro corazón en Dios con la oración personal diaria. La oración os ayudará superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de vuestro  propio yo, y así a purificar vuestra mirada y vuestro corazón: la mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y el corazón para amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo. Así encontraréis en la oración el humus necesario para vivir vuestra promesa de disponibilidad y obediencia a Dios, a la Iglesia y al Obispo y así a los hermanos.

El celibato que acogéis libre, responsable y conscientemente, y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hermanos sea para vosotros símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de vuestro servicio y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. No olvidéis que el celibato es un don de Cristo que tanto mejor viviremos, cuanto más centrada esté nuestra vida en él. Movidos por un amor sincero a Jesucristo y viviendo este estado con total entrega, vuestra consagración a Jesucristo se renovará día a día. Por vuestro celibato os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

6. Queridos hermanos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre estos hermanos, con el fin de que les “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. Que la Virgen María, sierva y esclava del Señor, interceda para que estos dos hermanos nuestros reciban una nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda semillas de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

El Seminario Mater Dei: “el corazón de la Diócesis”

Aquí para ver el vídeo

Queridos diocesanos:

Durante el presente curso hemos celebrado el 50º Aniversario de la inauguración de las instalaciones de nuestro Seminario Diocesano Mater Dei en Castellón, que concluye el próximo día 7 mayo con una Misa solemne de  acción de gracias en la capilla mayor del Seminario. Ese mismo día del año 1966 era bendecido por Mons. Pont i Gol el complejo actual del Mater Dei destinado a albergar los Seminarios Diocesanos Mayor y Menor. El Seminario, la institución en que se forman los futuros sacerdotes, es una comunidad de tal importancia, que bien la podemos llamar, como han dicho los Papas, “el corazón de la Diócesis”.

La celebración de esta  efeméride ha suscitado en nosotros un doble sentimiento: por un lado, el gozo y la acción de gracias por esos 50 años dando buen fruto; y, por otro, la preocupación ante la escasez actual de nuevas vocaciones sacerdotales. La situación de hace cincuenta años, caracterizada por un “considerable aumento de alumnos, provocado por el cambio de límites” de la Diócesis (Pont i Gol), era bien distinta a la actual sequía vocacional; pero esto no nos debe llevar a la tristeza o al pesimismo paralizante y estéril, sino al compromiso cargado de esperanza. A ello nos exhortaba el papa Francisco a los Obispos españoles en la visita ad limina de 2014: el trabajo en la pastoral vocacional -nos dijo el Papa- es una deber y la responsabilidad de toda la Iglesia diocesana; y, en especial, del obispo, que lo “debe poner en su corazón como absolutamente prioritario”.

Si nuestro seminario es el corazón de la Diócesis, cuantos la formamos hemos cuidarlo con sumo esmero y con cariño, porque de su estado de salud depende también el estado de salud de todo el cuerpo, de nuestra Iglesia diocesana. El momento actual nos urge a implicarnos todos en la promoción de nuevas vocaciones al sacerdocio para que no se seque el corazón de la diócesis. Esto significa ponernos al servicio del nacimiento y discernimiento de las vocaciones sacerdotales así como del crecimiento y formación de los seminaristas.

¿Cómo hacerlo? Hemos de poner especial hincapié en la oración de nuestros niños y jóvenes, porque en la oración se da el encuentro con Cristo, que es quien llama a su corazón para hacerlos participes de la vocación sacerdotal al servicio de la Iglesia y de toda la humanidad. Además toda nuestra Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva de Jesús de orar por las vocaciones;  Él nos pide que roguemos “al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt. 9, 3 8). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada, una humilde profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones, reconoce que son un don de Dios y, como tal, hay que pedirlo con súplica incesante y confiada.

Es necesaria una predicación directa sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el valor del sacerdocio y sobre su urgente necesidad para el pueblo de Dios. Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la Iglesia, además de disipar dudas sobre la vocación sacerdotal, abre los corazones de los creyentes a la espera del don y crea condiciones favorables para el nacimiento de nuevas vocaciones.

Ha llegado el tiempo de hablar y trabajar valientemente de las vocaciones al sacerdocio, como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Conscientes de que cada uno tiene una vocación en la Iglesia, hemos de proponer a cada niño y joven que se plantee personalmente cuál es su vocación y si Jesús le llama al sacerdocio, ofreciéndoles formar parte de grupos vocacionales a crear en las parroquias, a participar en las actividades que organiza el Seminario para monaguillos o en el Seminario en familia, o a ingresar en nuestro Seminario Menor o Mayor, si han descubierto que Jesús les llama al sacerdocio.

Pongamos bajo la intercesión y la protección de la Virgen Marí toda nuestra pastoral vocacional y nuestro Seminario Mater Dei.

Con mi afecto y bendición,

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Sacerdotes evangelizadores con espíritu de misericordia

Dentro de las actividades organizadas por la Vicaría del Clero para los sacerdotes que ejercen su ministerio en la Diócesis, están los retiros mensuales que este curso siguen el programa propuesto por la Conferencia Episcopal: Evangelizadores con espíritu de misericordia. Este lunes el tema de la meditación ha sido salir de uno mismo para ir hacia todas las periferias.

D. José Antonio Morales, encargado en esta ocasión de guiar el encuentro, ha explicado que “hay que perder el miedo a equivocarse. El Papa dice que es necesario cambiar la manera de actuar y ya no se puede esperar: hay que lanzarse”. Los presbíteros se han reunido en el Palacio Episcopal, donde han dedicado un tiempo largo a la oración ante el Santísimo Sacramento expuesto.