Ordenación sacerdotal de David Escoín y Fco. Javier Phuc

S.I. Concatedral de Sta. María en Castellón – 10 de diciembre de 2016

(Is 35,1-6a; Sal 145; Sant 5,7-10; Mt 11, 2-11)

 

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas,

Muy queridos ordenandos, David y Phuc,

Un saludo muy especial a los padres y familiares de los ordenandos, especialmente a vosotros que habéis venido de Vietnam,

Amados todos en el Señor.

 

Alegría, acción de gracias y oración

  1. En la víspera de este tercer Domingo del Adviento, en el que la Palabra de Dios nos invita de modo especial a la alegría, es motivo para un gozo particular acoger en nuestro presbiterio diocesano a dos nuevos sacerdotes. Junto con todos vosotros doy gracias al Señor por el don de estos nuevos pastores del Pueblo de Dios. Hoy, vosotros, queridos David y Francisco Javier, estáis en el centro de la atención de nuestro Pueblo de Dios, simbólicamente representado por cuantos estamos en esta Con-catedral de Santa María: hoy está llena, sobre todo, de oración y de cantos, de afecto sincero y profundo, y de alegría humana y espiritual. En este representación del Pueblo de Dios tienen un lugar particular vuestros padres y familiares, vuestros amigos y compañeros, vuestros superiores, formadores y profesores de los Seminarios, las comunidades eclesiales de las que procedéis, y las comunidades a las que vosotros mismos habéis servido ya como diáconos: Ntra. Sra. de la Asunción de Onda y Sto. Tomás de Villanueva de Castellón. No olvidamos a tantas personas que están unidas a nosotros espiritualmente, como las monjas de clausura y los enfermos e impedidos, que nos acompañan con el don de su oración y de su sufrimiento.

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50 aniversario de la Parroquia de Santa Sofía

HOMILIA EN EL CINCUENTENARIO DE LA
PARROQUIA DE SANTA SOFIA DE VILA-REAL

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Víspera del I Domingo de Adviento 27 de noviembre de 2016

(Is 2,1-5; Sal 121; Rom 13,11-14; Mateo 24,37-44)

 

Hermanas y hermanos, muy amados todos en el Señor:

Hoy, coincidiendo con la Víspera del inicio del Adviento, celebramos el 50º Aniversario de vuestra Parroquia de Santa Sofía. Las palabras del Salmista nos invitan esta mañana a alegrarnos con todos vosotros: “Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor” (Salmo 121, 1)”.

Desde que el año del Señor de 1966 comenzara su andadura, vuestra parroquia de Santa Sofía ha sido presencia palpable del amor de Dios para los hombres y mujeres de este barrio; vuestra comunidad ha sido la Iglesia de Dios que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas (cf. ChL 26). Alentada por la fuerza del Espíritu Santo, en estos años ha ido creciendo y madurando como comunidad de fe, de esperanza y de caridad, en especial hacia los más menesterosos. Vuestra comunidad parroquial está de enhorabuena; y nuestra Iglesia diocesana, de la que ella es una célula viva, se alegra con vosotros al celebrar estos cincuenta años de rica existencia. En ella y a través de ella, muchos han sido quienes han recibido la fe cristiana, han sido engendrados a la vida de los hijos Dios, han sido incorporados a Cristo y a la comunidad de la Iglesia por el Bautismo; muchos han sido también quienes en ella y por medio de ella han conocido a Jesús y su Evangelio, se han encontrado con Él y han madurado en la fe mediante la escucha y la acogida de la Palabra de Dios y han alimentado su vida cristiana en la oración y en los sacramentos; otros muchos han descubierto y seguido aquí el camino de su vocación cristiana, han encontrado en ella fuerza para la misión y el testimonio de fe, motivos para la esperanza, consuelo en la aflicción y ayuda en la necesidad.

Nuestro gozo y nuestra alegría se hacen en esta mañana oración de alabanza y de acción de gracias. De manos de la Virgen María, Ntra. Sra. de Gracia, nuestra mirada se dirige a Dios. Con María le cantamos: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. … porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46-47, 49). Sin El, sin su permanente presencia misericordiosa, nada hubiera sido posible. Al Dios, Uno y Trino, fuente y origen de todo bien, alabamos y damos gracias.

Le damos gracias por todos los dones recibidos a lo largo de estos años. Gracias le damos por vuestra comunidad parroquial y por cuantos la han formado en el pasado y la integráis en el presente; gracias damos a Dios por la entrega generosa de Mn. Guillermo Sanchis Coscollá que la ha pastoreado y servido durante estos 50 años. El ha sido su único párroco;  le felicitamos de corazón al celebrar él también sus bodas de oro de Párroco de Sta. Sofía. Y ¿cómo no dar gracias al Señor por todos los que han colaborado activa y generosamente en la vida litúrgica, en la catequesis, en el trabajo pastoral con los niños, los adolescentes y los adultos, con los pobres, los marginados, los drogadictos o los enfermos? Gracias, Señor, también por todos aquellos que de un modo callado y sin notoriedad, han contribuido a la vida de esta comunidad mediante su oración fervorosa, su vida y obras de santidad, el ofrecimiento de su dolor o su contribución económica.

Sí; el trabajo realizado ha sido mucho; pero siempre queda mucho para que el amor misericordioso de Dios llegue a todos. Como nos recuerda la palabra de Dios de este I Domingo del Adviento estamos de camino hacia el encuentro con el Señor. ¿Cómo afrontar el futuro, queridos hermanos, en vuestra sencillez? Como Iglesia hemos de caminar siempre desde la fe “a la luz del Señor” (Is 2, 5), con esperanza y vigilancia “porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre” (Mt 24,44), y en la caridad, sabiendo que el Señor Jesús está por su Espíritu siempre en medio de nosotros y sale a nuestro encuentro en cada hombre y acontecimiento, y cooperando todos para que esta vuestra parroquia sea una comunidad viva en sus miembros y misionera hacia los alejados y hacia los que aún no conocen a Jesucristo.

Vuestra parroquia de Santa Sofía está llamada una a ser una comunidad de hermanos en la fe, una familia de familias, donde todos sean y se sientan acogidos, valorados, acompañados, donde todos y cada uno se sienta en su propia casa, en su propia familia; una comunidad donde se viva y se fortalezca la comunión entre todos y se comparta la vida y la misión de la parroquia; una comunión, que ha de basarse en la comunión con Dios, que hace de todos hermanos y nos llama a vivir la fraternidad; y una comunidad de vida y de misión para que Cristo y su Evangelio salvador llegue a todos, a los más cercanos y a los más lejanos, donde la alegría del evangelio llegue a todas las periferias existenciales.

No lo olvidéis: vuestra comunidad parroquial es como un edificio, cuyo fundamento y piedra angular es Jesucristo y vosotros como las piedras vivas que construis el edificio. Así es como podréis ser en el barrio signo de la presencia amorosa de Dios, espacio donde Dios sale al encuentro de los hombres, para comunicarles su vida de amor que crean lazos de comunión fraterna. Es Dios Padre quien, habitando entre los suyos y en su corazón, hace de ellos su santuario vivo por la acción del Espíritu Santo. Vuestra parroquia será viva en la medida en que todos vosotros, sus miembros, viváis fundamentados y ensamblados en Cristo, piedra angular; vuestra comunidad parroquial será iglesia viva si por vosotros corre la savia de la Vid y de la misericordia que es Cristo, que transforma nuestro corazón  nos hace misericordiosos como el Padre y nos envía a vivir las obras de misericordia.

En esta parroquia, el Espíritu de Dios actúa especialmente a través de los signos de la nueva alianza, que ella ofrece a todos: la Palabra de Dios, los sacramentos y la caridad.

La Palabra de Dios, proclamada y explicada con fidelidad a la fe de la Iglesia y acogida con fe y con corazón bien dispuesto, os llevará al encuentro gozoso con el Señor, el Camino, la Verdad y la Vida. La Palabra de Dios es luz, que os iluminará en el camino de vuestra existencia, que os fortalecerá, os consolará y os unirá. La proclamación y explicación de la Palabra en la fe de la Iglesia, la catequesis de iniciación cristiana  y la formación de todos no sólo deben conduciros a conocer más y mejor a Cristo y su Evangelio así como las verdades de la fe y de la moral cristianas; os han de llevar y ayudar a todos y a cada uno a la adhesión personal a Cristo y a su seguimiento gozoso en el seno de la comunidad eclesial.

En la comunidad parroquial, Dios se nos da también a través de los Sacramentos; al celebrar y recibir los sacramentos participamos de la vida de Dios; por los Sacramentos se alimenta y reaviva nuestra existencia cristiana, personal y comunitaria; por los Sacramentos se crea, se acrecienta o se fortalece la comunión con la parroquia, con la Iglesia diocesana y con la Iglesia Universal.

Entre los sacramentos destaca la Eucaristía. Es preciso recordar una y otra vez que la Eucaristía es el centro de la vida de todo cristiano, el centro y el corazón de toda la vida de la comunidad parroquial. Toda parroquia ha de estar centrada en la Eucaristía  Además “la Eucaristía da al cristiano más fuerza para vivir las exigencias del evangelio…” (Juan Pablo II). Sin la participación en la Eucaristía es imposible permanecer fiel en la vida cristiana. Como un peregrino necesita la comida para resistir hasta la meta, de la misma forma quien pretenda ser cristiano necesita el alimento de la Eucaristía. El domingo es el momento más hermoso para venir, en familia, a celebrar la Eucaristía unidos en el Señor con la comunidad parroquial. Los frutos serán muy abundantes: de paz y de unión familiar, de alegría y de fortaleza en la fe, de comunidad viva y evangelizadora.

La participación sincera, activa y fructuosa en la Eucaristía os llevará necesariamente a vivir la fraternidad, os llevará a practicar la Caridad, os remitirá a la misión, os impulsará a la transformación del mundo. Los pobres y los enfermos, los marginados y los desfavorecidos han de tener y seguir teniendo un lugar privilegiado en vuestra parroquia, como ha ocurrido hasta ahora. Ellos han de ser atendidos con gestos que demuestren, por parte de la comunidad parroquial, el amor y la misericordia de Cristo Jesús. Ellos, su vez, os evangelizarán, os ayudarán a descubrir a Cristo Jesús.

La celebración frecuente del Sacramento de la Penitencia será aliento y esperanza en vuestra experiencia cristiana. La humildad y la fe van muy unidas. Sólo cuando sabemos ponernos de rodillas ante Dios por el sacramento de la confesión y reconocemos nuestras debilidades y pecados podemos decir que estamos en sintonía con el Padre Dios “rico en misericordia” (Ef 2,4). En el sacramento de la Penitencia se recupera y se fortalece nuestra comunión con Dios y con la comunidad eclesial; la experiencia del perdón de Dios, fruto de su amor misericordioso, nos da fuerza para la misión, nos empuja a ser testigos de su misericordia, testigos del perdón y de la reconciliación.

La vida cristiana, personal y comunitaria, se debilita cuando estos dos sacramentos decaen. Y en nuestra época, si queréis vivir como cristianos, si queréis superar los miedos a serlo y confesarlo ante los ataques constantes, si queréis ser evangelizadores auténticos no podréis hacerlo sin la experiencia profunda de estos dos sacramentos. Un creyente que no se confiesa con cierta frecuencia y no participa en la Misa dominical, termina en poco tiempo apartándose de Cristo y se convierte en un cristiano amorfo. Su fe se esfuma, deja de tener consistencia.

Regenerados por la Palabra y los Sacramentos os convertiréis en ‘piedras vivas’ del edificio espiritual,  de la comunidad parroquial, de la vuestra gran familia de familias. Es decir: una comunidad que acoge y vive a Cristo y su Evangelio; una comunidad que proclama y celebra la alianza amorosa de Dios; una comunidad que aprende y ayuda a vivir la fraternidad cristiana conforme al espíritu de las bienaventuranzas; una comunidad que ora y ayuda a la oración; una comunidad en la que todos sus miembros se sienten y son corresponsables en su vida y su misión al servicio de la evangelización en una sociedad cada vez más descristianizada; una comunidad que vive la caridad hacia adentro y hacia afuera, que es fermento de nueva humanidad, de transformación del mundo, de una cultura de la vida y del amor, de la misericordia y el encuentro, de la justicia y de la paz.

Al celebrar el 50º Aniversario de vuestra parroquia miramos, rezamos y contemplamos a la Virgen, reina de la Sabiduría. María es nuestra madre espiritual porque nos da a Cristo, el Hijo de Dios, fuente de vida y salvación; ella orienta nuestra mirada hacia su Hijo: ella nos muestra y nos lleva a su Hijo, ella nos lleva a Dios. Jesús nos invita a acogerla “en nuestra casa”: es decir, en nosotros mismos, en nuestras familias, en nuestra sociedad. María es nuestra madre, y no deja de decirnos: “Haced lo que Él os diga” (Jn. 2,5). ¡Cuánto necesitamos los cristianos escuchar estas palabras de María y, con ella, descubrir y vivir con alegría que Dios nos ama, y nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales!

Acojamos de manos de María a Jesús, dejémonos encontrar por Él; renovemos nuestro compromiso de tener a Cristo como centro de nuestra vida, personal y comunitaria. Vayamos al encuentro con el Señor en esta Eucaristía, que se nos da en comida una vez más. ¡Que unidos a El en la comunión seamos testigos suyos en el mundo e instrumentos de su misericordia!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Clausura Diocesana del Jubileo de la Misericordia

HOMILÍA EN LA CLAUSURA DIOCESANA DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 12.11.2016

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(Mal  3,19-20; Salmo 97; 2 Tes 3, 7-12; Luc 21, 5-19).

 

¡Hermanas y hermanos muy amados todos en el Señor!

 

  1. Hace justo once meses celebrábamos en esta S.I. Catedral-Basílica la apertura diocesana del Año santo extraordinario de la Misericordia. Esta mañana, el Señor nos convoca para su clausura en la víspera del XXXII Domingo del tiempo Ordinario, en el que las lecturas nos recuerdan nuestra condición de peregrinos al encuentro del Señor, cuando Él venga al final de los tiempos.

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Ordenación de los diáconos David y Phuc

Iglesia parroquial de la Ntra. Sra. de la Asunción de Onda, 11 de junio de 2016

Fiesta de San Bernabé, Apóstol

(Act 11, 21b-26, 13,1-3; Sal972; Mt 10,7-13)

Hermanas y hermanos muy amados en el Señor, queridos David y Francisco Javier

1. El salmista nos invita en esta fiesta de San Bernabé, apóstol, a cantar “al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97). Hoy queremos cantar y dar gracias a Dios por el don de la vocación al sacerdocio ordenado y por el don de la ordenación diaconal de estos dos jóvenes: son las maravillas, que Dios hace hoy en nuestra Iglesia.

Vuestra vocación al sacerdocio ordenado, que se verifica hoy por la llamada de la Iglesia, en un don de Dios, es la semilla que Dios puso un día en vuestro corazón:  en tu caso, Phuc, la descubriste cuando eras aún un monaguillo; en el tuyo, David, con motivo de la muerte en accidente de tu hermana.

Hoy queremos dar cantar al Señor, antes de nada, y darle gracias por el don de vuestra vocación al sacerdocio. Dios, que os doy la vocación, ha ido cuidando también de vosotros y os ha ido enriqueciendo con sus dones a lo largo de estos años de acogida, discernimiento y maduración de la llamada; gracias le damos a Dios por vuestro corazón disponible, generoso y agradecido; gracias le damos por vuestra fe confiada en el Señor, que os ha ayudado a superar miedos y temores; gracias de la damos por vuestras familias, que han apoyado en todo momento vuestra vocación y no han obstaculizado vuestra respuesta; gracias le damos por la ayuda que en el camino del discernimiento y maduración de vuestra vocación os han prestado vuestras comunidades, amigos y compañeros y, sobre todo, vuestros formadores en el Seminario: gracias a todo ello, vosotros os habéis convertido en tierra buena donde la semilla va dando sus frutos. Uno de esos frutos es ya vuestra ordenación diaconal.

Por todo ello, nuestra celebración es un motivo de alegría y de esperanza para nuestra Diócesis y para la Iglesia universal. La Iglesia entera se consuela hoy al ver que, no obstante la penuria vocacional que padecemos, Dios sigue llamando; nuestra Iglesia se consuela al constatar que, pese a las circunstancias adversas, hay todavía tierra buena donde la semilla de la vocación al sacerdocio es acogida, madura y va dando sus frutos; nuestra Iglesia se consuela y se alegra al ver que, gracias al don de Dios y su acogida generosa por unos corazón jóvenes, sigue creciendo en su vitalidad, se refuerza en su fidelidad y se dilata en su capacidad de servir para que el Reino de Dios y el Evangelio de Jesucristo llegue a todos.

Demos gracias al Padre que nos llena con sus dones y suscita vocaciones en medio de su pueblo, que se conforman con Cristo y ponen sus propias fuerzas a disposición de su Iglesia. Es una acción de gracias llena de alegría y de gozo: para la Iglesia entera, para nuestra Iglesia Diocesana, para nuestros Seminarios Diocesanos y todos los responsables de vuestra formación. Y ¡cómo no! para vuestras familias y para cuantos, con la oración y el sacrificio, contribuyen cada día al bien de la Iglesia y a la promoción de las vocaciones sacerdotales.

2. Mediante la imposición de mis manos y la oración consagratoria, el Señor va a enviar sobre vosotros, queridos David y Phuc, su Espíritu Santo y os a consagrar diáconos. Al ser ordenados de diáconos participaréis de los dones y del ministerio que los Apóstoles recibieron del Resucitado y seréis en la Iglesia y en el mundo signo e instrumento de Cristo, Siervo, que no vino “para ser servido sino para servir”. El Señor imprimirá en vosotros una marca profunda e imborrable, que os conformará para siempre con Cristo Siervo. Hasta el último momento de vuestra vida seréis por la ordenación y habréis de ser siempre con vuestra palabra y con vuestra vida signo de Cristo Siervo, obediente hasta la muerte y muerte de Cruz para la salvación de todos. Sed en todo momento, como Bernabé, hombres de bien, llenos de Espíritu Santo y de fe, para que otros muchos se adhieran al Señor (cf. Act 11,24) .

Al ser ordenados diáconos sois llamados, consagrados y enviados para ejercitar un triple servicio, una triple diaconía: la de la Palabra, la de la Eucaristía y la de la caridad. Fortalecidos con el don del Espíritu Santo, ayudaréis al Obispo y a su presbiterio en el anuncio de la Palabra, en el servicio del Altar y en el ministerio de la caridad, mostrándoos servidores de todos, especialmente de los más pobres y necesitados. Es tarea del Diácono la proclamación del Evangelio como también la de ayudar a los Presbíteros en la explicación de la Palabra de Dios. En la ceremonia de ordenación os entregaré el Evangelio con estas palabras: “Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero: convierte en fe viva lo que lees y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado”.

3. El diácono, en su condición de servidor de la Palabra, es a la vez destinatario y mensajero la Palabra. Para que vuestra enseñanza de la Palabra de Dios sea creíble, habéis de acoger con fe viva y vivida el Evangelio que anunciáis, con una fe que dé buenos frutos. Antes de nada, el mensajero del Evangelio ha de leer, escuchar, escrutar, estudiar, comprender, contemplar, asimilar y hacer vida propia la Palabra de Dios: el buen mensajero se deja configurar, guiar y conducir por la Palabra de Dios, de modo que ésta sea la luz para su vida, transforme sus propios criterios y le lleve a un estilo de vida según los postulados del Evangelio. Esto pide delicadeza espiritual y valentía para romper permanentemente con las cosas que creemos de valor y en realidad no lo tienen. La cerrazón de corazón, el egoísmo, la vanidad, el afán de poseer, la comodidad, la tibieza hacen infecunda la buena sementera de la Palabra de Dios.

Por la ordenación diaconal, vais a ser constituidos en mensajeros de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios no es nuestra palabra, no es vuestra palabra. En último término, la Palabra de Dios es el mismo Jesucristo quien pasará, podemos decir “sacramentalmente”, a otros por medio de vuestros labios y de vuestra vida, para que se encuentren con Él, se conviertan y adhieran a Él, se hagan discípulos suyos. Como a los Apósteles hoy os dice y envía el Señor:  “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19).

La Palabra de Dios es incisiva, inquieta la falsa paz de muchas conciencias, corta por lo sano cualquier ambigüedad y sabe llegar a los corazones más endurecidos. Seréis mensajeros de la Palabra de Dios tal como ésta ha sido siempre proclamada por la Iglesia y nos llega en la tradición viva de la Iglesia, y no con interpretaciones personales que miran halagar los oídos de quienes la escuchan. La Palabra de Dios pide ser proclamada y enseñada sin reduccionismos, sin miedos, sin complejos y sin fisuras  ante la cultura dominante o ante lo políticamente correcto. No es la Palabra de Dios la que debe ser domesticada a fin de reducirla a nuestros gustos y comodidades, o adaptada a lo que se lleva: somos nosotros quienes debemos creer, crecer y ayudar a otros para que lleguen a desarrollarse según la medida de la Palabra. No olvidemos nunca que no se trata de una Palabra que se impone, sino que se propone. ¡Cuánto respeto, cuánta oración, cuánto sentido del temor y del amor debe anidar en el interior de aquel, que hace resonar la Palabra de Dios y que debe explicar su sentido para la vida de las personas, de la comunidad eclesial y de la misma sociedad!.

Vivimos en una sociedad cada vez más descristianizada y pagana, en la que Dios, Cristo y su Evangelio son cada vez más desconocidos, ignorados e incluso proscritos. Confiados en la fuerza inherente de la Palabra de Dios no hay que tener miedo a ofrecerla como el verdadero camino que ilumina la realización de todo hombre y de todo el hombre. La Palabra de Dios es la única es capaz de derribar los ídolos y las falsedades mundanas, y de liberar al hombre de la diversas formas de esclavitud y de pecado, que truncan su verdadera dignidad y su vocación más alta. Como los Apóstoles en el evangelio de hoy-  los diáconos sois enviados a “curar enfermos, resucitar muertos, a limpiar leprosos y echar demonios” (cf. Mt 10, 8); como heraldos del Evangelio sois administradores de la salvación eterna, no de metas meramente limitadas y efímeras; estáis destinados a ser profetas de un mundo nuevo, de la nueva creación instaurada por la muerte y resurrección del Señor; sois portadores de un mensaje que arroja la luz sobre los problemas claves del hombre y de la tierra y que no se cierra en los pobres horizontes de este mundo.

4. Como diáconos seréis también los primeros colaboradores del Obispo y del Sacerdote en la celebración de la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Tendréis también el honor y el gozo de ser servidores del “Mysterium”. Se os entregará el Cuerpo y la Sangre del Salvador para que lo reciban y se alimenten los fieles. Tratad siempre los santos misterios con íntima adoración, con recogimiento exterior y con devoción de espíritu, expresión de un alma que cree y que es consciente de la alta dignidad de su tarea.

A los diáconos se os confía de modo particular el ministerio de la caridad, que se encuentra en el origen de la institución de la diaconía. El ministerio de la caridad dimana de la Eucaristía, cima y fuente de la vida de la Iglesia. Cuando la Eucaristía es efectivamente el centro de la vida del diácono no sólo lleva a los creyentes al encuentro de comunión con Cristo, sino que también les lleva y les da la fuerza para el encuentro de comunión con los hermanos. Atender a los pobres y necesitados, tener en cuenta las penas y sufrimientos de los hermanos, ser capaces de entregarse en bien del prójimo: estos son los signos distintivos del diácono, discípulo del Señor, que se alimenta con el Pan Eucarístico. El amor al prójimo no se debe solamente proclamar, se debe practicar.

5. El Señor nos ha dado ejemplo de siervo y servidor. En vuestra condición de diáconos, es decir, de servidores de Jesucristo, servid con amor y con alegría tanto a Dios como a los hombres. Sed compasivos y misericordiosos, acogedores y benignos para con los demás; dedicad a los otros vuestra persona, vuestros intereses, vuestro tiempo, vuestras fuerzas y vuestras vidas; sed servidores de la Misericordia. “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10, 8). El diácono, colaborador del obispo y de los presbíteros, debe ser juntamente con ellos, la viva y operante expresión de la caridad de la Iglesia: es, a la vez, pan para el hambriento, luz para el ciego, consuelo para el triste y apoyo del necesitado.

Para ser fiel a este triple servicio vivid día a día enraizados en lo más profundo del misterio eclesial, de la comunión de los Santos y de la vida sobrenatural; vivid sumergidos en la plegaria de modo que vuestro trabajo diario esté lleno de oración. Sed fieles a la celebración de la Liturgia de las Horas; es la oración incesante de la Iglesia por el mundo entero, que os está encomendada de modo directo. Esforzaos en fijar vuestra mirada y vuestro corazón en Dios con la oración personal diaria. La oración os ayudará superar el ruido exterior, las prisas de la jornada y los impulsos de vuestro  propio yo, y así a purificar vuestra mirada y vuestro corazón: la mirada para ver el mundo con los ojos de Dios y el corazón para amar a los hermanos y a la Iglesia con el corazón de Cristo. Así encontraréis en la oración el humus necesario para vivir vuestra promesa de disponibilidad y obediencia a Dios, a la Iglesia y al Obispo y así a los hermanos.

El celibato que acogéis libre, responsable y conscientemente, y que prometéis observar durante toda la vida por causa del reino de los cielos y para servicio de Dios y de los hermanos sea para vosotros símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de vuestro servicio y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. No olvidéis que el celibato es un don de Cristo que tanto mejor viviremos, cuanto más centrada esté nuestra vida en él. Movidos por un amor sincero a Jesucristo y viviendo este estado con total entrega, vuestra consagración a Jesucristo se renovará día a día. Por vuestro celibato os resultará más fácil consagraros con corazón indiviso al servicio de Dios y de los hombres.

6. Queridos hermanos todos: Dentro de pocos momentos suplicaré al Señor para que derrame el Espíritu Santo sobre estos hermanos, con el fin de que les “fortalezca con los siete dones de su gracia y cumplan fielmente la obra del ministerio”. Unámonos todos en esta suplica. Que la Virgen María, sierva y esclava del Señor, interceda para que estos dos hermanos nuestros reciban una nueva efusión del Espíritu Santo. Y oremos a Dios, fuente y origen de todo don, que nos conceda semillas de nuevas vocaciones al ministerio ordenado. A Él se lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Pascual

Basílica de San Pascual, Villarreal – 17.05.2016

(Ecco 2, 7-13; Sal 33; 1 Cor 1, 26-31; Mt 11, 25-30)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor.

A los pies de los restos de San Pascual, el Señor Jesús nos convoca un año más para celebrar esta Eucaristía en honor de nuestro santo Patrono: el Patrono de Villarreal y el Patrono de nuestra Diócesis de Segorbe-Castellón. Os saludo de corazón a todos cuantos os habéis unido a esta celebración, aquí en la Basílica o desde vuestros hogares a través de la televisión. Hoy es un día grande en Villarreal, en toda nuestra Diócesis y en tantos otros lugares donde se rinde culto a San Pascual en el mundo entero. Hoy le recordamos y honramos; en este día damos gracias a Dios por ser nuestro santo Patrono.

La vida de Pascual no muestra ninguno de esos rasgos en los que se basa la fama mundana. Y, sin embargo, pocos gozan de un reconocimiento y una simpatía popular, tan arraigada y sentida hasta el día de hoy, como este humilde y sencillo pastor, como este lego franciscano, como este santo universal y patrono nuestro.

Nacido en Torrehermosa el año 1540, sus padres le infundieron una fe recia y una caridad desbordante hacia los pobres. Desde los siete hasta los veinticuatro años se dedicó al oficio de pastor; en este tiempo aprendió a leer para poder recitar oraciones a la Santísima Virgen. Más tarde, buscando una vida de mayor entrega a Dios, se hizo franciscano de la reforma alcantarina, y vivió hasta el final de su vida en Villarreal dedicado a las tareas más humildes del convento. Y aquí entregó su alma a Dios  en la Pascua de Pentecostés, el 17 de mayo de 1592.

Pascual era un joven austero y sacrificado, amante de la verdad y honrado, alegre y generoso para con todos. Amante de la Eucaristía, cuando por su oficio de pastor no podía asistir a la santa Misa, desde lejos se ponía de rodillas, mirando hacia el Santuario de Nuestra Señora de la Sierra donde se ofrecía el Santo Sacrificio. Grande fue su preocupación y amor por los pobres, como alto fue su espíritu de justicia hasta pedir que se indemnizase a los propietarios de los campos por los perjuicios ocasionados por sus rebaños.

Sus trabajos en los conventos fueron los de portero, cocinero, hortelano y limosnero. Nunca se le vio ocioso. Su deseo constante era ajustar su vida al Evangelio según la Regla de San Francisco, desgastándose por Dios y por sus hermanos. Estaba siempre dispuesto para todos y para cualquier menester. Y todo ello dentro del espíritu de pobreza, austeridad y oración de la orden.

Esta es la sencilla y conmovedora historia de Pascual; en su vida como pastor y como fraile, nunca se separó de Cristo Jesús “hecho para nosotros sabiduría y justicia, santificación y redención”. De él se puede decir que fue dichoso como “el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores sino que su gozo es la ley del Señor” (Sal 1,1), o como dice San Pablo a los Corintios que no supo “gloriarse sino en el Señor” (1 Cor 1,31).

La vida de Pascual estuvo llena de amor a Dios y de servicio a los hermanos. Hombres como él, marcan la historia de un pueblo. Los santos, como él, son los mejores hijos de la Iglesia.  En este Año Santo de la Misericordia, deseo destacar tres rasgos de Pascual: su humildad, su amor entrañable a la Eucaristía y su amor misericordioso con los pobres.

Pascual fue, ante todo, un hombre humilde; un hombre que supo intuir que es bueno, justo y necesario confiar en Dios, buscar su gloria y descubrir la grandeza de sus obras y la profundidad de sus designios (cf. Sal 92,6). Sólo desde la humildad se descubre la presencia de Dios en la existencia propia y también en el hermano que está a nuestro lado.

La humildad solo se logra por actos de amor y amistad con Dios, y por la disposición de buscar sólo la gloria de Dios. Nadie glorifica a Dios más que aquel que le ama. Un amante de Dios y, por tanto, humilde servidor suyo, como Pascual, no se deja llevar nunca por la desesperanza; en todo y en todos descubre la cercanía y el rostro de Dios. Pascual fue un hombre lleno de ‘buenos sentimientos’ hacia los demás porque sabía amar y adorar a Dios. La purificación de nuestros sentimientos se realiza a través de la adoración, es decir, en la medida en que nos hacemos humildes ante Dios. Con este estilo de vida hizo Dios maravillas en Pascual: no sólo lo justificó sino que lo glorificó.

Estas cosas de Dios sólo las entiende la gente sencilla. “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11, 25-27). Sin humildad no podremos entender, comprender o acoger la cercanía de Dios y su misericordia. Esta virtud es indispensable para abrir el corazón a Dios, para acoger su amor misericordioso. Porque la humildad no es apocamiento sino vivir en la verdad de uno mismo; y esta verdad sólo se descubre en Dios. Como dice Santa Teresa: “La humildad es vivir en la verdad; y la verdad es que [sin Dios] no somos nada”. Al hombre le cuesta aceptar esta verdad; es decir, aceptar que es criatura de Dios, que cuanto es y cuanto tiene a Dios se lo debe, que sin Dios nada puede. Cuando el hombre se endiosa y quiere ser como dios pero al margen de Dios, comienza su drama: comienza a vivir en la mentira, en la apariencia, en lucha contra el otro hasta su aniquilamiento, en la impostura e imposición ideológica, en la reconstrucción del ser humano y de la sociedad sin Dios.

Los santos, como Pascual, nos sitúan en la verdad de nuestra persona, de nuestra vida, de nuestro origen y de nuestro destino. Sin Dios no somos nada; sin Dios no hay esperanza, digna de este nombre; sin Dios nos quedamos en la trivialidad y vulgaridad. Lo más grande de nuestra vida es que Dios nos ama, que nos ha creado por amor y para el amor, para la verdadera libertad y la verdadera felicidad, que Dios nos perdona siempre porque es compasivo y misericordioso, y que Dios siempre nos ofrece su amor, su amistad y su vida. El hombre se hace precisamente grande al creer a Dios y en Dios, al abrir su corazón de par en par a la misericordia de Dios en su vida. Dios no es nuestro competidor, sino el dador de nuestra libertad y la garantía de nuestra felicidad. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 8).

Pascual es un enamorado de la Eucaristía. Este amor por la Eucaristía lo aprendió en casa, en su propia familia. Ya desde niño se sintió asombrado de este maravilloso sacramento del altar, que él celebraba, amaba, vivía y adoraba.

La Eucaristía es el “memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. ‘Memorial’ no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos” (Francisco, Audiencia de 5.2.2014).  En la Eucaristía,  Jesucristo se hace presente realmente entre nosotros, se nos da como el alimento que nos transforma y se queda entre nosotros como fuente inagotable del amor y de misericordia.

Pascual se sintió asombrado, lleno de estupor ante este gran misterio de la Eucaristía, y dejó transformar su corazón por Cristo-Eucaristía. Sí: Dios está realmente presente en la Eucaristía. Hemos de contemplarlo y adorarlo para dejarnos empapar de su amor, de su misericordia para ser misericordiosos como el Padre, como Pascual.

Por su intercesión pedimos a Dios que no nos apartemos de este Sacramento. Jesucristo se ha quedado en la Eucaristía para unirse con nosotros, para darnos su amor, el amor mismo de Dios. Si uno es de verdad devoto de Pascual, tiene que serlo de la Eucaristía y encontrar en ella el manantial que mantiene fresco el amor, que da frutos de misericordia. Porque los santos se nos proponen como ejemplo y modelo, para que caminemos por donde han caminado ellos. Hemos de crecer más y más, queridos hermanos, en la devoción al sacramento de la Eucaristía.  ¡Acudamos el domingo a la Misa en familia! Y adoremos a Jesucristo presente en el Sagrario.

Pascual es un testigo de la misericordia de Dios, siendo él misericordioso con los hermanos. Precisamente porque fue humilde, porque se dejó amar y transformar por Jesucristo en la Eucaristía, y le amó con toda su alma, pudo entregarse en el servicio a los pobres. Cuando un corazón es humilde se hace generoso; cuando un corazón está cerca de Jesucristo, que ha amado hasta entregar su vida en la Cruz, se hace misericordioso con los demás, como Pascual. Él vivía alegre. Su alegría era saberse amado por Jesucristo. Y esa alegría y ese amor se desbordaba en el amor y en el servicio a los pobres y necesitados de entonces.

Pascual nos enseña en este Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, que experimentar el amor misericordioso de Dios en la Eucaristía, nos pide practicar las obras de misericordia corporales y espirituales. El amor misericordioso de Dios, celebrado y recibido en la Eucaristía, ha de llegar a todos para que todos experimenten la misericordia de Dios. Como Pascual estamos llamados a dar de comer al hambriento y de beber al sediento, a visitar y cuidar de los enfermos, a dar posada al forastero, a vestir al desnudo, a visitar a los presos o a enterrar a los difuntos; pero también somos enviados a enseñar al que no sabe, a dar buen consejo al que lo necesita, a corregir fraternalmente al que se equivoca, a perdonar de corazón al que le ofende, a consolar al triste, a sufrir con paciencia los defectos del prójimo y a rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

La misericordia no es un añadido en la vida de la Iglesia y de los cristianos; pertenece nuestro ADN, a nuestro ser y a nuestra misión, que brota de la Eucaristía, manantial permanente del amor y de la misericordia de Cristo hacia todos. Como el buen samaritano hemos de atender con diligencia y gratuidad, con corazón compasivo y misericordioso, al prójimo necesitado, cercano o lejano.

Jesús nos dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Cristo nos apremia a vivir desde Él y con Él la misericordia en nuestro tiempo. Hagamos de nuestra vida una existencia eucarística y misericordiosa; es decir, una ofrenda de amor a Dios, que se haga servicio de amor a los hermanos en las obras de misericordia. La fuente más importante de amor y de misericordia en la humanidad ha sido y es el sacramento de la Eucaristía.

La fiesta de San Pascual nos llena de alegría. Por ser nuestro patrono, es guía en nuestro caminar cristiano. Que por su intercesión, Dios nos conceda la gracia de ser humildes para acoger a Dios y su misericordia en nuestra vida; que a su ejemplo vivamos de la Eucaristía, y nos dejemos transformar por la misericordia de Dios para ser misericordiosos como el Padre. Y como él, pedimos la protección de la Virgen María. Que la Mare de Déu de Gracia, bendiga a todos los ciudadanos y a la Ciudad de Villarreal, a nuestra Iglesia diocesana, de modo especial a los que más necesitan de su protección de Madre. Amén.

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de San Juan de Ávila

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUAN DE AVILA

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Castellón de la Plana, S.I.Concatedral, 10 de Mayo de 2016

(Act 20, 17-18. 28-32-36; Sal 88; Lc 5, 1-11)

 

Hermanas y hermanos todos en el Señor.

Queridos sacerdotes, diáconos permanentes, seminaristas, familias, miembros de vida consagrada y fieles laicos.

El Señor Jesús nos reúne en torno a la mesa de su Palabra y del Sacrificio de la Eucaristía para celebrar la fiesta de San Juan de Ávila, Patrono del clero secular español. Él, queridos sacerdotes, es nuestro “maestro ejemplar por la santidad de su vida y por su celo apostólico”, como hemos rezado en la oración colecta.

Cada vez que celebramos una jornada sacerdotal, que nos convoca a todos los sacerdotes, como esta de San Juan de Ávila, siento un especial sentimiento de comunión. Aquí está representada la diócesis entera, aquí estamos los obreros elegidos para trabajar en esta parcela de la viña del Señor, nuestra amada Diócesis de Segorbe-Castellón. Por encima de nuestras limitaciones y hasta de nuestras debilidades y pecados, esta es la Iglesia que, con palabras del Concilio Vaticano II, “encierra en su propio seno a pecadores y, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la ruta de la penitencia y de la renovación” (LG, n. 8). Por eso, en este Año Santo de la Misericordia os invito a perdonarnos y olvidar cualquier fricción o desencuentro que haya habido entre nosotros para dirigirnos todos unidos a Dios nuestro Padre y agradecerle las bendiciones que nos envía para que día tras día vayamos construyendo la comunión fraterna que nos promete y nos exige.

Y una de estas bendiciones sois vosotros, queridos sacerdotes jubilares. Por vosotros damos gracias a Dios en este día en que celebramos vuestros 25, 50 o 60 años de ordenación sacerdotal. Para vosotros el día de vuestra ordenación es una fecha inolvidable porque supuso la gracia especial de ser incorporados al sacerdocio de Cristo y de recibir la hermosa tarea de ser pastores en la Iglesia en nombre del único Buen Pastor. Felicidades a todo el presbiterio que quiere compartir con vosotros el gozo del ministerio y la acción de gracias por vuestra fidelidad. Vuestra presencia aquí nos dice lo que significa entregar la vida con caridad pastoral, confianza en Dios y alegría apostólica.

Muchas felicidades a todos en vuestras bodas sacerdotales; en sus bodas de diamante a D. Vicente Bengoechea Meyer, D. Félix Gómez Muñoz y D. Ernesto Montoliu Moliner; en las de oro a D. José-Luis García Suller, D. Joan Llidó Herrero, D. José Pallarés Alcón, D. Pedro Saborit Badenes, D. Ramón Seguer Allepuz, D. José Burgos Casares y D. Antonio Esteban Esteban; y en las de plata a D. Miguel Abril Agost, D. Jordi Mas Pastor, D. José Navarro García, D. Albert Ventura Rius y D. Juan-Alfonso Martínez Pérez (de la Prelatura dle’Opus Dei’)). Han sido años intensos, durante los cuales en la Iglesia y en la sociedad hemos vivido grandes cambios que nos han obligado a renovar nuestra formación, a modificar nuestras costumbres y a actualizar los contenidos y las formas de vivir nuestro ministerio. Nada de todo esto ha sido fácil, y en más de una ocasión estas circunstancias históricas nos han causado conflictos, sufrimientos y cruces, pero también alegrías y esperanzas. Porque sabemos bien de Quién nos hemos fiado.

El evangelio, que hemos proclamado, nos presenta la vocación de Pedro como paradigma de la vocación de los que somos llamados a ser pastores del Pueblo de Dios. San Lucas señala muy bien el contexto en el que tiene lugar esta vocación: la gente se agolpa en torno a Jesús para escuchar la Palabra de Dios. Jesús se sube a la barca de Simón; entra en el contexto vital de Pedro, el de un pescador, para predicar la Buena noticia. Después le pide que reme mar adentro y eche las redes al mar. Pedro reconoce que su tarea ha sido estéril durante toda la noche, pero afirma: “por tu palabra, echaré las redes”. El evangelista no dice expresamente que sucediera un milagro, sino que “puestos a la obra, hicieron una redada tan grande, que reventaba la red”.

Aparecen aquí dos notas que conviene interiorizar en nuestro propio ministerio: de un lado, echar las redes una o otra vez por la palabra de Cristo, confiados en él, entregados a su voluntad, sin quedar condicionados por nuestro trabajo tantas veces estéril; y de otro lado, ponernos a la obra que el Señor nos pide. Cada uno de nosotros podría comentar este pasaje evangélico desde su propia experiencia. ¡La docilidad a Cristo es el presupuesto de nuestra tarea! Las experiencias negativas, la aparente esterilidad e ineficacia de nuestra vida nunca justifica desconfiar del poder de la palabra de Cristo. “Por tu palabra echaré las redes”. Si nos ponemos a la obra, Dios actuará, a su tiempo y a su medida; no sabemos cuándo y en qué medida, pero actuará. La vida y el ministerio de san Juan de Ávila son un claro testimonio del poder de Dios en un hombre que se fió de él y se sometió a su voluntad sin reserva alguna.

La reacción de Pedro en el Evangelio, como la de Santiago y Juan, es el asombro ante el poder de Cristo, que arranca la confesión humilde de Simón: “Apártate de mí, que soy un pecador”. ¡Cuántas veces habremos dicho lo mismo ante los gestos del Señor en nuestro ministerio! ¡Somos y seremos siempre pecadores! Debemos contar con ello. Caeremos a los pies de Cristo, asombrados de la confianza que ha depositado en nosotros y ante la gracia que ha depositado en nuestras manos, ungidas y consagradas para la tarea. Cristo es fiel y nos confirma en la vocación de salvar a los hombres, de llevarlos a Él y congregarlos en torno a Él, como aquellas gentes que se agolpaban junto a Jesús buscando la Vida. Esta es nuestra preciosa tarea, que no se puede comparar con nada de lo que hemos dejado por seguir a Jesús. Nuestro tiempo no es fácil —ningún tiempo lo es— para evangelizar; no lo fue al inicio de la Iglesia no lo fue en la época de san Juan de Ávila. Pero Cristo ha subido a tu barca y a la mía, y ha comenzado a predicar desde nuestras condiciones concretas de vida. El nos ha introducido en el mar abierto, confiados en su palabra echamos las redes y le ofrecemos nuestras pobres personas para la faena. Afiancemos nuestra confianza en él y colaboremos en su obra, en la que Él tiene la iniciativa.

Para esto es preciso, como dice Pablo a los presbíteros de Éfeso, cuidar de nosotros y del rebaño que el Espíritu Santo nos ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios que él adquirió con la sangre de su Hijo (cf. Act 20, 17). No se puede definir con mayor concreción la grave responsabilidad de nuestro ministerio. La Iglesia que el Señor ha puesto en nuestras manos, los hombres y mujeres de nuestro querido pueblo, ha sido adquirida por la sangre de Cristo. No son propiedad nuestra; no podemos disponer de ellos a nuestro arbitrio. Pertenecen al Señor y han sido sellados con su Espíritu. Nuestro ministerio es espiritual en su sentido más pleno, porque es el mismo Espíritu quien lo ha puesto en nuestras manos con un encargo especial: cuidar de la propiedad de Cristo. Nadie es propietario, ni señor del pueblo que pastorea, que tiene todo el derecho a ser pastoreado por el mismo Espíritu que nos ungió el día de nuestra ordenación

¿Cómo hacerlo? Con entrañas de misericordia, como Jesús mismo. A este respecto dice nuestro Santo Patrono en una carta escrita a Fray Luis de Granada: “Por tanto, quien quisiere ser padre conviénele tener un corazón tierno y muy de carne para haber compasión de los hijos, lo cual es muy gran martirio (…). De arte que, si son buenos los hijos, dan un muy cuidadoso cuidado, y si salen malos, dan una tristeza muy triste. Y así, no es el corazón del padre sino un recelo continuo y una continua oración, encomendando al verdadero Padre la salud de sus hijos, teniendo colgada la vida de la vida de ellos, como san Pablo decía: Yo vivo si vosotros estáis en el Señor” (1 Tes 3,8) (Epistolario, epíst. 1ª).

Y, Fray Luis de Granada, comenta así estas palabras del maestro Ávila: “Y lo que de esto puedo, en suma, decir es que no sabré determinar con qué ganó más ánimas para Cristo, si con las palabras de su doctrina, o con la grandeza de la caridad y amor, acompañado de buenas obras, que a todos mostraba. Porque así los amaba y así se acomodaba a las necesidades de todos, como si fuese padre de todos, haciéndose, como el Apóstol dice, todas las cosas a todos para ayudar a todos. Consolaba a los tristes, esforzaba a los flacos, animaba los fuertes, socorría a los tentados, enseñaba a los ignorantes, despertaba a los perezosos, procuraba levantar a los caídos, más nunca con palabras ásperas, sino amorosas; no con ira, sino con espíritu de mansedumbre, como aconseja el Apóstol. Todas las necesidades de los prójimos tenía por suyas, y así las sentía y les procuraba el remedio que podía. Con esto se juntaba una singular humildad y mansedumbre, que son las dos virtudes que hacen a los hombres más amables; y, sobre todo, era tan señor de ira, que no pienso, por cosas que acaeciesen, que jamás le viese nadie airado; afligido, sí, por los males ajenos, gozándose con los que se gozan y llorando con los que lloran” (Vida del Padre Maestro Juan de Ávila, Madrid (Edibesa) 2000, p.50-51).

Reconocer que Cristo ha adquirido a su Iglesia con su sangre, la sangre de la Eucaristía que celebramos cada día, es aceptar también que cada uno de nosotros está llamado a dar su sangre, a gastar y descastar su vida entera, por ese mismo pueblo que Cristo se adquirió para sí. Por eso, en su exhortación a los presbíteros de Éfeso el apóstol Pablo alude a la imagen del Buen Pastor, utilizada por Cristo; y les recuerda que “se meterán entre vosotros lobos feroces que no tendrán piedad del rebaño”. El Buen Pastor no huye, dijo Jesús, cuando ve venir al lobo, aún a costa de su vida. San Pablo añade todavía una advertencia: “Incluso algunos de vosotros deformarán la doctrina y arrastrarán a los discípulos. Por eso, estad alerta”. Con temor y temblor debemos vivir este aviso del apóstol, que nos pone en guardia frente a todo intento de predicar un evangelio distinto del que hemos recibido en la Tradición viva de la Iglesia. La fidelidad del discípulo al Maestro es fidelidad a su Verdad, que no queda al arbitrio de nuestras interpretaciones personales, porque pertenece a Cristo y a su Pueblo santo. Sí, hermanos, nuestro pueblo debe recibir la verdad íntegra de Cristo, quien ha venido precisamente para eso, para dar testimonio de la Verdad. Y todo el que es de la Verdad escucha su voz.

 San Pablo nos exhorta también a cuidar de nosotros mismos para cuidar al rebaño. El Papa Francisco nos ha recordado que todos somos, en primer lugar, discípulos. Nunca dejamos de serlo. Nadie es maestro si abandona su condición de discípulo. Por eso, como presbíteros, debemos ser los primeros en ponernos a la escucha de la Verdad. No hay predicación verdadera sin acoger antes el Evangelio; no hay enseñanza sin haber abierto el alma, con el arado del Espíritu, a la siembra de la Verdad, que se realiza en la oración diaria, en el estudio asiduo, en la celebración de la Eucaristía y en el reconocimiento de nuestros pecados a los pies de Cristo. En su bula para el Año de la Misericordia, el Papa Francisco nos recuerda que “ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos penitentes en busca de perdón”. Dado que nuestro ministerio consiste en cuidar del rebaño, debemos cuidar, como dice el apóstol, en primer lugar, de nosotros mismos. Un cuidado que nos sitúa en el seguimiento de Cristo con humildad, con sencillez de corazón y en obediencia al Espíritu que nos ha ungido. Sólo así estaremos en disposición de dar la vida por el rebaño cuando se ve amenazado por lobos feroces.

San Pablo, y san Juan de Ávila, en su constante trato con los sacerdotes, podían decir que de día y de noche no habían cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular. Sólo lloramos por nuestro pueblo cuando lo amamos de verdad y vislumbramos que puede perderse. Si dejamos de amar, si no es indiferente, nuestro corazón se endurece y se hace incapaz de llorar por quien corre el riesgo de abandonar el camino o se ha alejado de él. Examinemos nuestra caridad pastoral y, en este empeño por ser pastores del pueblo de Dios, pidamos a Cristo que nos duelan los males y los peligros de nuestras gentes, de manera que la salvación de cada persona que nos ha sido confiada sea un acicate para dar la vida por ella.

Quiero terminar con las palabras de san Pablo llenas de esperanza y de consuelo: “Os dejo en manos de Dios y de su palabra, que es gracia y tiene poder para edificaros y daros parte en la herencia de los santos” (Act 20, 32). Hermanos, nunca estamos solos, Dios nos cubre y protege con sus manos, como dice el salmo, y la palabra que nos dirige cada día es gracia que nos edifica como Iglesia diocesana y como presbiterio. Como miembros de un único presbiterio, os animo a edificarnos mutuamente con el testimonio de la caridad, con la comprensión mutua, con el afecto fraterno y sincero de quienes estamos unidos por el mismo sacramento. Amémonos de verdad y miremos a los que van por delante de nosotros, sirviendo al Señor con humildad; por ellos damos gracias a Dios hoy con alegría, porque, a pesar de las dificultades, no dejan de mirar a quien los llamó con infinita misericordia y los hizo pescadores de hombres.

Que la Madre de Cristo y Madre nuestra, madre de los sacerdotes, a quien san Juan de Ávila mostró una piedad tierna y filial, nos permita servir a Cristo con su misma actitud de esclava del Señor. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

50 aniversario del Seminario Mater Dei

HOMILÍA EN EL 50º ANIVERSARIO DEL SEMINARIO DIOCESANO

MATER DEI

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Capilla del Seminario Diocesano ‘Mater Dei’’ – 7 de mayo de 2016

 (Is 7, 10-14; 8, 10;  Sal 39; Heb 10, 4-10; Lc 1, 26-38)

 

 

Amados todos en el Señor!

Hace 50 años exactamente, el 7 día de mayo de 1966, era inaugurado y bendecido por mi preclaro predecesor, Mons. José Pont i Gol, este complejo destinado a albergar el nuevo Seminario Diocesano Mater Dei. Creado el 2 de septiembre de 1961 y con actividad formativa desde el curso 1961-62 en la Casa de Huérfanos del Obispo Climent en Castellón, nuestro nuevo Seminario diocesano tenía por fin su casa propia. Celebrar esta efemérides suscita en un servidor un doble sentimiento. Por un lado es un sentimiento de gozo y de acción de gracias por estos 50 años dando buen fruto. Y por otro, la preocupación por la lejanía que creo detectar entre el Seminario y la Iglesia diocesana y, sobre todo, ante la escasez actual de nuevas vocaciones sacerdotales; ésta no nos debe llevar a la tristeza o al pesimismo paralizante y estéril, sino al compromiso cargado de esperanza, para que “el corazón” de nuestra Iglesia diocesana, el Seminario Diocesano siga latiendo con fuerza.

Nuestra primera mirada es de agradecimiento y se dirige a Dios Uno y Trino: el Padre de misericordia, por medio de su Hijo Jesucristo, en el amor desbordante del Espíritu Santo, ha derramado con generosidad sus dones en la historia de nuestro Seminario. Gracias sean dadas a Dios Padre, que con amorosa providencia ha cuidado la vida de esta casa con todas las personas que la han ido configurando. Gracias al Espíritu Santo, que ha repartido el carisma de la vocación sacerdotal en tantos jóvenes a lo largo de estos años y ha mantenido en sus corazones la llama viva del amor en una entrega generosa e incondicional. Gracias a nuestro Señor Jesucristo, centro de la vida de la Iglesia, del Seminario y de todo seminarista y sacerdote: siguiéndole a Él y tratando de prepararse para ser signo y transparencia suya en medio de la Iglesia y del mundo, se han ordenado en este Seminario 140 sacerdotes. Gracias a Dios por tanta generosidad. Gracias, hermanos sacerdotes, por vuestra entrega constante y desinteresada al servicio del Evangelio.

La figura de María, la Mater Dei y la Madre de la Iglesia, ha puesto a lo largo de estos años su belleza, su ternura, su protección y su ejemplo de docilidad y generosidad en esta casa; ella ha sido y es la vigilante cuidadora de sus hijos en las tareas formativas y apostólicas, la referencia constante de fidelidad y de firmeza esperanzada parta todos. En sus manos queremos poner también la acción de gracias que elevamos a Dios por todas las familias que confiaron al Seminario la educación de sus hijos. Unos llegaron a ser sacerdotes; otros, en el proceso de discernimiento vocacional, vieron que no era ése el camino por donde Dios les llamaba, pero aprendieron aquí a ser buenos cristianos y honrados ciudadanos.

Recogiendo las palabras de la Virgen María, queremos que nuestra alma proclame las grandezas de Dios, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en nosotros (cf. Lc 1,46), a través de los diversos equipos de Rectores, formadores y profesores, que han entregado lo mejor de su vida a la educación de los seminaristas, con el desprendimiento y la esperanza del sembrador. No olvidamos a todas las demás personas, que han contribuido, cada cual con su trabajo, a llevar adelante la tarea formativa del Seminario, haciendo que tantos jóvenes crecieran sanos de cuerpo y de espíritu.

Nuestro agradecimiento a Dios es de un modo muy especial por el Obispo fundador del Seminario, Mons. José Pont i Gol. Este Seminario es la obra cumbre de su largo y fecundo ministerio pastoral en la Diócesis. A él entregó su inteligencia, su corazón y sus desvelos. Tanto en la construcción como en la dotación de formadores y profesorado. El supo también motivar a numerosos y generosos bienhechores que con sus bienes hicieron posible construir el Seminario y mantenerlo, además de prestar ayuda económica imprescindible a muchos seminaristas. Para ellos nuestro recuerdo agradecido y nuestra oración. Por el Seminario apostó todo Mons. Pont i Gol, sabiendo que en él estaba la clave de la fecundidad pastoral de la Diócesis. A la par que agradecemos al Señor esta obra de Mons. Pont i Gol, lo encomendamos a Dios para que lo haya admitido en su gozo, como servidor bueno y fiel. Y junto a Mons. Pont i Gol hemos de agradecer también el afecto y el apoyo al Seminario de los Obispos que le han seguido en el gobierno de la Diócesis: D. José María Cases Deordal y a D. Juan Antonio Reig Plá..

Toda la comunidad diocesana se alegra en este 50º Aniversario, porque el Seminario es algo muy suyo y le pertenece. Por eso mismo, este día nos llama a asumir todos el compromiso a favor del Seminario diocesano Mater Dei y las vocaciones sacerdotales.

Hay un primer compromiso, por parte de la Diócesis, de conservar este edificio ya histórico y adecuarlo para que cumpla su misión prioritaria y además darle la mayor rentabilidad pastoral posible. En ello está comprometida la Diócesis: el año pasado se restauró esta Capilla; este año se está haciendo lo mismo con el pabellón destinado a Seminario menor; y poco iremos haciendo lo mismo con el resto de pabellones.

Pero no podemos olvidar que todo este complejo fue construido para acoger la institución educativa y formativa de los seminarios diocesanos, mayor y menor. Y, a este fin principal y prioritario deberá destinarse; a él han de subordinarse el resto de usos: el colegio diocesano Mater Dei -que celebra este año 25 años de existencia-, los encuentros pastorales, las convivencias y otras actividades a los que pueda dar cabida. Lo que preocupaba y motivó a Mons. Pont i Gol para tomar la decisión de la construcción de esta casa fue el “considerable aumento de alumnos, provocado por el cambio de límites” de la Diócesis. Y lo que movió a la generosa colaboración económica de parroquias, fieles y otras instituciones para la financiación de las costosas obras fue el llamamiento episcopal a colaborar para que la recién erigida Diócesis de Segorbe-Castellón dispusiera de un lugar capaz, digno y adecuado para el recién erigido Seminario Diocesano y para la formación de los seminaristas.

Esta finalidad del edificio es la que también hoy nos debe seguir interpelando y preocupando prioritariamente; a saber: nuestro Seminario diocesano Mater Dei como comunidad educativa, que acompaña en su discernimiento vocacional a los niños y adolescentes que sienten la llamada del Señor al sacerdocio -Seminario Menor-, y como comunidad formativa de los futuros sacerdotes de nuestra Iglesia diocesana -Seminario Mayor-.

Nuestro Seminario debería ser una preocupación de todos, debería estar siempre presente en la vida de nuestra Diócesis, de nuestras parroquias y comunidades, de nuestro presbiterio. Nos urge –y mucho- recuperar o intensificar nuestro cariño, preocupación y compromiso con nuestro Seminario diocesano Mater Dei. En él se forman los futuros pastores, que necesitan nuestras comunidades. Ellos serán testigos del amor y de la misericordia de Dios en nombre y en representación del Buen Pastor. Nuestros antepasados respondieron siempre con cercanía y generosidad. Ahora nos toca a nosotros hacer lo propio. No olvidemos que nuestro Seminario es el corazón de nuestra Diócesis; es, pues, cosa de todos.

Y, junto con ello, una cuestión previa debe centrar nuestra atención: la promoción de las vocaciones al sacerdocio mediante la oración por las vocaciones y la predicación sobre la vocación, mediante la propuesta vocacional a niños, adolescentes y jóvenes, mediante la acogida cordial y el acompañamiento delicado de quienes sientan y escuchen la llamada del Señor al sacerdocio. Hace cincuenta años había un aumento considerable de alumnos; por desgracia, desde hace años hasta hoy sufrimos un fuerte invierno vocacional que nos ha de interpelar a todos y nos ha de llevar a la implicación personal, familiar y comunitaria en la promoción de las vocaciones al sacerdocio ministerial.

Hoy no es fácil hablar de vocación. El contexto cultural actual propugna un modelo de ‘hombre sin vocación’ y ‘sin Dios’. Interesa lo inmediato, lo útil, el tener; falta una perspectiva de la persona como proyecto de vida. El futuro de niños y jóvenes se plantea, en la mayoría de los casos, reducido a la elección de una profesión o a tener una buena situación económica, pero sin apertura a Dios. Y, sin embargo, una mirada creyente de la propia existencia descubre que Dios tiene una vocación para cada uno. Es su proyecto, su pensamiento amoroso para cada uno. En ella encuentra cada uno su nombre y su identidad, que garantiza su libertad y su felicidad. No es antinatural proponer a un niño o adolescente que se plantee ante el Señor y ayudarle a discernir, si Jesús le llama al sacerdocio: es una concreción de la vocación cristiana.

Dios sigue llamando al sacerdocio a niños, adolescentes y jóvenes, también en nuestra Iglesia diocesana. !Que no nos ocurra como al rey Acaz, que dudaba de la presencia de Dios en medio de su pueblo y buscaba alianzas terrenas! (cf. Is 7, 10-14).  Hay signos claros de que Dios sigue llamando al sacerdocio y que son motivo para nuestra esperanza y acicate para el trabajo vocacional; lo son estos pequeños que participan en el Seminario en Familia, algunos de los cuales están ya en el Seminario menor, que hemos la reabierto el presente curso escolar.

La celebración de este 50º Aniversario debería llevarnos, como Diócesis, a empeñarnos en ser altavoces de Dios en la llamada vocacional y mediadores suyos para crear el clima propicio para que pueda ser acogida con generosidad. El fomento de nuevas vocaciones en nuestra Iglesia diocesana y de manera especial en el presbiterio diocesano, debe ser un tema mayor en nuestras preocupaciones pastorales, porque de él depende en gran medida el futuro de nuestra Diócesis. En efecto, el sacerdote es imprescindible para construir la Iglesia como misterio de comunión y misión. La vocación sacerdotal es un misterio que hunde sus raíces en el sacerdocio de Cristo Buen Pastor, de quien son signo y transparencia, y en la Eucaristía que edifica a la Iglesia.

La vocación sacerdotal nace del encuentro personal de un chico o un joven con Cristo vivo; un encuentro en que el chico o joven descubre una llamada personal, única e irrepetible, a la que está invitado a responder con alegría, entrega y generosidad, como la Virgen María. Para ello es imprescindible hacer de las familias y de las comunidades cristianas ámbitos de oración, donde la presencia de Cristo sea más viva y real, cercana y concreta, donde su voz pueda ser escuchada y acogida.

Necesitamos orar con insistencia a Dios para pedirle el don de nuevas vocaciones al sacerdocio ordenado. La oración nos ayuda, a la vez, a tomar conciencia de la necesidad urgente que tiene nuestra Diócesis de nuevas vocaciones.         Ayudemos todos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a hacerse sin miedo esta pregunta: “Señor, ¿qué quieres que haga en mi vida”. Si sienten la llamada al sacerdocio, ayudémosles a responder con alegría y generosidad. Será nuestro mejor servicio a su felicidad, y el mejor fruto de este 50º Aniversario de nuestro Seminario diocesano mater Dei.

Una vez más pongo bajo la protección de la Virgen, la Mater Dei, a nuestro Seminario. Y que por su intercesión el Señor nos conceda el don de nuevas y santas vocaciones al sacerdocio. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Fiesta de la Mare de Déu del Lledó

Castellón de la Plana, Basílica de Lledó, 1 de mayo de 2016

VIº Domingo de Pascua

(Ester 4,17-ss; Ef 2,4-10; Jn 2,1-11)

 

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor!

Os saludo de corazón a cuantos habéis secundado la llamada del Señor para honrar y venerar a su Madre y Madre Nuestra, la Mare de Déu del Lledó, en este día de su fiesta. Saludo al Sr. Vicario general, al Sr. Prior de esta singular Basílica, que nos acoge esta mañana, a los Sres. Prior, Presidente y Directiva de la Cofradía de la Mare de Déu del Lledó, así como a la Presidenta y Camareras de la Virgen. Saludo a los Sres. Regidor de ermitas, Clavario y Perot de este año. Y, ¡cómo no¡, a la Sra. Alcaldesa y miembros de la Corporación Municipal, al Sr. Presidente de la Diputación y al resto de las Autoridades provinciales, autonómicas y nacionales, que nos acompañan: Bienvenidos seáis; la comunidad católica y todo el pueblo de Castellón os lo agradecen, porque con vuestra presencia nos honráis y valoráis también nuestra fe y nuestra devoción a la Mare de Déu del Lledó, la Patrona de Castellón. Saludo también a los Sres. Arciprestes de la Ciudad y a los sacerdotes que nos acompañan en esta celebración, así como a los seminaristas que nos asisten. Os saludo a todos cuantos os habéis acercado venido esta mañana a la Basílica para honrar y venerar a la Virgen y a todos aquellos que, a través de Televisión Mediterráneo, seguís desde vuestras casas esta celebración.

Un año más, en el primer domingo de mayo, el Señor nos reúne en este Santuario-Basílica para honrar a Nuestra Madre y Señora, la Patrona de Castellón. A la Mare de Déu, en la Salve popular, le aclamamos también como Reina y Madre de Misericordia: ella experimentó la misericordia divina de un modo único y privilegiado; ella supo acoger en su seno la fuente misma de la misericordia, la Misericordia encarnada, Cristo Jesús, el Hijo de Dios; y ella, que supo vivir siempre íntimamente unida a su Hijo, sabe mejor que nadie lo que Él quiere para nosotros y lo que nosotros necesitamos de Él. Dios, a través de su Hijo, quiere que nunca, a nadie, le falte la ternura, el consuelo y el perdón de Dios, que nos llega a través de María. Con la dulzura de la mirada de la Virgen podemos redescubrir esta mañana, una vez más, la alegría de la ternura de Dios en este Año Santo de la Misericordia. Ella nos ayuda e invita a contemplar y experimentar la misericordia de Dios para que nos dejemos transformar por la gracia y podamos así ser misericordiosos como el Padre, para podamos hacer las “obras buenas” (Ef. 2,10) a que nos llama la segunda lectura.

Dios -lo hemos escuchado en la carta a los Efesios- es “rico en misericordia” (Ef. 2,4), una misericordia, que “llega a sus fieles de generación en generación”, como canta la Virgen en el Magníficat. Dios mismo es Misericordia. El Papa Francisco nos lo acaba de recordar: “El nombre de Dios es Misericordia” (título de su libro-entrevista). Dios. después de haber revelado su nombre a Moisés, como Dios “compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad” (Ex 34,6), no ha cesado de dar a conocer, de distintas maneras y en a lo largo de la historia, su naturaleza divina, su misericordia. Y en la plenitud de los tiempos, cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Dios Padre envió a su Hijo, nacido de la Virgen María, para revelarnos, de manera definitiva, su amor más grande, su misericordia.

Quien ve a Jesús ve al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret, con sus palabras, con sus gestos, con toda su persona, revela la misericordia de Dios. Sí hermanos: Dios es Misericordia: Dios es Amor, un amor entrañable, un amor que vuelve su corazón hacia toda miseria humana. !Qué bien lo entendéis las madres¡ !Con qué amor, un amor que sale de lo más profundo de vuestras entrañas, amáis a vuestros hijos, los protegéis y acompañáis, estáis pendientes de cualquier necesidad que tengan, los sabéis perdonar y estáis dispuestas a entregaros por ellos. Así es Dios: un Dios que se compadece, que siente una ternura entrañable por nosotros, también cuando nos alejamos de Él, que está pendiente de nosotros ante cualquier enfermedad o necesidad que sufrimos o padecemos. Y eso de un modo infinito, porque Dios es rico en misericordia, y para siempre, porque es eterna su misericordia. Nunca nadie puede sentirse abandonado de la cercanía, de la compasión, de la ternura del perdón de Dios: así nos muestra los muestra Cristo Jesús, así nos lo anuncia una y otra vez María, la profetisa de la Misericordia.

Dios se nos revela como Misericordia de una forma suprema y final en su Hijo Jesucristo. Su misma encarnación, su vida, sus gestos, sus palabras: todo en Él nos habla de Dios misericordioso. Jesús sufre ante los enfermos y los sana; llora ante la muerte de su amigo Lázaro y lo devuelve a la vida; se compadece ante aquella viuda de Naím y resucita a su hijo que iban a enterrar. Él se compadece ante aquella multitud que andaba dispersa, como ovejas sin pastor. Y Él se compadece y perdona a aquella pecadora que le regaba los pies con sus lágrimas, para hacerle así participe del mismo amor acogedor y tierno de Dios. Jesús nos habla de la misericordia de Dios en aquella hermosa parábola del hijo pródigo que, despreciando al padre, dándole por muerto al pedirle la mitad de la herencia, marcha y dilapida todo; al final se siente abandonado y olvidado de todos; ni tan siquiera podía comer las algarrobas que echaban a los cerdos; y, entrando en sí, se acordó de su padre y de la casa paterna, se armó de valor y regresó a la casa del padre; pensaba decirle: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Y al llegar, antes de hablar, el padre, que salía tarde tras tarde a ver si el hijo regresaba, le abrazó y le dio el abrazo del perdón; y mandó preparar una fiesta para celebrar la alegría por el hijo recobrado (cf. Lc 15, 11-ss). Pero, si Jesús en algún momento nos muestra, de una forma suprema, el amor misericordioso de Dios, es en la Cruz, donde él entrega su vida para perdonar los pecados, incluso de aquellos que le llevaban a la cruz, para que todos en Él tengan Vida.

Contemplemos con María este misterio de la misericordia de Dios leyendo la Escritura, meditando todos estos pasajes, mirándola a ella que nos lleva a su Hijo y nos dice, como a los sirvientes en las bodas de Caná: “Haced lo que él os diga”(Jn 2,5). Leamos, escuchemos y contemplemos la Palabra de Dios. Pero demos un paso más: acojamos y experimentemos personalmente la misericordia de Dios, de modo especial en el sacramento del perdón donde Dios mismo nos acoge, donde Dios mismo nos perdona, donde Dios mismo nos da el abrazo del perdón. Así, experimentaremos personalmente el Dios que nos nuestra y nos da a María la Madre de Dios, la Madre de la Misericordia. Porque sólo experimentado personalmente la misericordia, sabiéndonos acogidos, perdonados, acompañados, amados, incluso en el pecado, por el Dios que nos muestra Cristo Jesús se transformará nuestro corazón. Sólo si acogemos el amor misericordioso de Dios, sólo si acogemos y nos dejamos transformar por su gracia, seremos hombres y mujeres nuevos capaces de vivir las obras de la misericordia; sólo así seremos capaces de ser misericordiosos como el Padre: dando de comer al hambriento, de beber al sediento, de acoger al forastero, de visitar a los presos, de enseñar al que no sabe, de dar un buen consejo al que lo necesita, de perdonar al que nos ofende… . Sólo, transformados en nuestro interior, experimentando personalmente el perdón y el amor de Dios, seremos capaces de las obras buenas que brotan del amor de Dios experimentado en nosotros.

Por ello, este día de fiesta, dedicado a la Virgen, la Madre de la Misericordia, nos llama a contemplar y acoger la misericordia de Dios para ser así sus portadores para los demás, poniendo en práctica las obras de misericordia corporales y espirituales. Conociéndolas y viviéndolas en el día a día podremos realizar la experiencia de abrir también nosotros el corazón a cuantos viven en situaciones de contradicción, que nuestro mundo moderno crea con frecuencia y que, muchas veces, son dramáticas; tantas personas abandonadas, tantas personas que sufren la soledad, tantas personas heridas en lo más profundo de su corazón, tantas familias rotas por el egoísmo, el rencor o el odio, tantos grupos enfrentados entre sí. !No puede ser que diferencia derive en un deseo de aniquilar al contrario¡ ¡No! Así no construimos una sociedad fraterna y solidaria. La ideología no puede ser nunca razón para aniquilar al contrario. El encuentro, el diálogo y la cooperación de todos y entre todos es el camino para la construcción de un mundo más justo y de una convivencia, basada en el respeto de todos, independientemente de su forma de pensar o de su credo. Tantos refugiados que son barajados como números, que son descartados, tantos pueblos que viven en la más absoluta miseria. Ante todo esto no puede ser indiferente aquel que ha experimentado la misericordia de Dios.

Vivir la misericordia no sólo es algo personal, también como Iglesia diocesana tenemos la misión de vivir, de testimoniar y de anunciar la misericordia de Dios. A través de nuestra Iglesia diocesana y de cuantos la integramos -personas, comunidades parroquiales, movimientos o cofradías-, hemos de testimoniar la misericordia de Dios para que alcance la mente y el corazón de toda persona. Estamos llamados a salir para que la misericordia de Dios llegue a todos, sin excluir a nadie. Para que nuestro anuncio sea creíble hemos de vivir y de testimoniar en primera persona la misericordia de Dios experimentada en lo más profundo de nuestro corazón. Es hora de dejar las maledicencias, las envidias, las críticas corrosivas, los rencores, las exclusiones internas para que reine la misericordia y la fraternidad. Nuestro lenguaje, nuestros gestos, nuestra forma de vida tienen que ser como los de Jesús: transidos por la misericordia; y deben transmitir también misericordia para que ésta penetre en el corazón de cada persona, y así, ofrecerles el camino de vuelta al Padre.

Nuestra primera verdad como Iglesia, nuestra primera verdad como Cofradía, queridos cofrades, nuestra primera verdad como cristianos es el mandamiento nuevo del amor, de un amor más grande, que no sólo da a cada uno lo que corresponde, sino que supera el límite de la justicia y sabe perdonar: un amor que sabe, como Dios, dar siempre más para así ayudar a crecer a todos. Desde este amor, que llega hasta el perdón del enemigo y al don de si, la Iglesia es y quiere ser sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde estemos presentes como Iglesia, allí debe quedar y hacerse evidente la misericordia del Padre; en nuestras parroquias, en nuestras comunidades, en nuestras cofradías; allá donde quiera que haya un cristiano cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia, como lo encontramos aquí, en Lledó, a los pies de la Madre de la Misericordia a la que rezamos esta mañana con las palabras también de la Salve: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Ella, como cualquier madre y más que cualquier madre, está pendiente de nuestros sufrimientos, de nuestros dolores, de nuestras alegrías, de nuestras necesidades, también de nuestro alejamiento de Dios. Ella sabe poner, como Madre de Misericordia, todos nuestros deseos, todas nuestras súplicas ante los pies de su Hijo, para que así Dios Padre sea misericordioso con cada uno de nosotros. Es lo que pido esta mañana por toda la ciudad de Castellón, por sus habitantes, especialmente por nosotros los cristianos que, implorando a la Virgen nos dejemos tocar por la Misericordia de Dios para ser misericordiosos como el Padre. Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Domingo de Pascua de Resurrección

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 27 de marzo de 2016

 (Hch 10,34a.37-43; Sal 117; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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¡Hermanas y hermanos en el Señor!

“¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!”. Es la Pascua del Señor, el Día en que actuó el Señor, día de gozo y de triunfo. Cristo ya no está en la tumba, en el lugar de los muertos. Su cuerpo roto, enterrado con premura el Viernes Santo, ya no está en el sepulcro frío y oscuro, donde las mujeres lo buscan al despuntar el primer día de la semana. No: “El no está aquí: Ha resucitado”. El Ungido ya perfuma el universo y lo ilumina con nueva luz.

Y porque Cristo ha resucitado podemos cantar: “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón?”. El autor de la vida ha vencido a la muerte. Alegrémonos, hermanos: Cristo ha resucitado y, en su resurrección, Dios muestra que ha aceptado el sacrificio de su Hijo y en Él hemos sido salvados. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

¡Cristo vive glorioso! Esta es la gran verdad de nuestra fe. Aquel, al “que mataron colgándolo de un madero” (Hech 10, 39) ha resucitado; ha triunfado sobre el poder del pecado y de la muerte, de las tinieblas y del dolor, de la angustia y de enfermedad. La resurrección de Cristo, hermanos, no es un mito, no es una invención, no es una historia piadosa nacida de la credulidad de unas mujeres, no es una leyenda fruto de la profunda frustración de un puñado de discípulos. La resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico y real que sucede una sola vez y una vez por todas: El que murió bajo Poncio Pilato, éste y no otro, es el Señor resucitado de entre los muertos. No se trata de la vuelta a esta vida de un muerto para volver a morir. No: el cuerpo muerto y sepultado de Jesús vive ya glorioso y para siempre junto a Dios.

En el Credo confesamos que Jesús, muerto y sepultado, al tercer día resucitó de entre los muertos. La Palabra de Dios de hoy nos invita a acercarnos a la resurrección del Señor, acogiendo con fe el signo del sepulcro vacío y, sobre todo, el testimonio de personas concretas, “los testigos que él había designado”, a los que se apareció, con los que comió y bebió después de su resurrección; a ellos les encargó dar solemne fe y testimonio de su resurrección (cf. Hech, 10, 41-42) .

La tumba vacía es un signo esencial de la resurrección, pero imperfecto. Algunos, como María Magdalena, ante el hecho del sepulcro vacío, exclamarán: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Otros, como Pedro, se contentarán con entrar “en el sepulcro” y ver “las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte” (Jn 20,6). Otros, como Juan, van más allá: Juan “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20,8-9).  El suceso mismo de la resurrección, el paso de la muerte a la vida de Jesús, no tiene testigos; escapa a nuestras categorías de tiempo y espacio. Las mujeres, los Apóstoles y los discípulos se encuentran con Cristo Vivo, una vez resucitado. Para aceptar el sepulcro vacío como signo de su resurrección es necesaria le fe, como Juan; y como en el resto de los discípulos es necesario el encuentro personal con el Resucitado para superar las dudas, para superar la incredulidad inicial.  “Nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21), dirán los discípulos de Emaús; o “Si no veo en sus manos la señal de los clavos… no creeré”, dirá Tomás (Jn 20, 25).

Como en el caso de los discípulos, la Pascua pide tamben de nosotros un acto de fe, fiándonos del testimonio de los apóstoles; un testimonio que nos es trasmitido en la Sagrada escritura y en la tradición viva de la Iglesia. La resurrección pide creer personalmente que Cristo vive; pide el encuentro personal con El en la comunidad de los creyentes. Nuestra fe no es credulidad débil o fácil; se basa en el signo del sepulcro vació y en el testimonio unánime y veraz de aquellos que trataron con Él directamente en los cuarenta días que permaneció resucitado en la tierra. “Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos” (Hech 10, 39-41). A los testigos se les cree, según la confianza que merecen, según la credibilidad que se les reconoce. Pedro y el resto de los Apóstoles dan testimonio de algo de lo que están profundamente convencidos. Tan convencidos, que llegarán a dar la vida por ser testigos de la resurrección de Cristo.

¡Cristo ha resucitado! La resurrección de Cristo no es un hecho histórico hundido en el pasado pero sin actualidad, ni tan sólo algo que afecta a Jesús, pero sin vigencia para nosotros. No: ¡Cristo vive hoy!. Y su resurrección nos muestra que Dios no abandona nunca a los suyos, a la humanidad y a su creación. Con la resurrección gloriosa del Señor todo adquiere nuevo sentido: la existencia humana, la historia de la humanidad y la creación. A pesar de todas las apariencias y de los duros reveses, la historia, la creación, la humanidad no camina hacía la destrucción y el caos, sino hacia Dios.

Y, porque Cristo ha resucitado, es posible un mundo más justo, más fraterno, más dichoso, un mundo según el deseo de Dios. Desde entonces, la esperanza cristiana no es una utopía sino una actitud fundada y realista. Desde la resurrección de Cristo cabe pensar en una sociedad más humana, más solidaria, más dichosa, más según Dios. Todo esto es posible porque Cristo ha resucitado.

Creer que Cristo ha resucitado significa creer que El ha inyectado ya en el corazón de la historia un fermento, una levadura, un brote de vida, que nada ni nadie podrá apagar. Creer en Jesucristo resucitado significa que Dios ha apostado efectivamente por la humanidad, por la creación, por todos nosotros, por ti y por mí. Al resucitar a Jesús, Dios ha dicho sí al hombre nuevo y a la humanidad nueva. Cristo no ha resucitado en vano.

De aquí se deriva una actitud básicamente positiva ante las personas, la sociedad, ante la creación, pese al pecado, los egoísmos, las guerras, los odios, la cultura de la muerte y todas las manifestaciones del mal que podamos encontrar en el mundo. Cristo ha resucitado y Dios acabará ganando. Y ello nos da fuerza para luchar contra el pecado y todas sus manifestaciones, para que la gracia, el amor de Dios y la resurrección de Cristo prevalezcan sobre el mal, sobre el pecado y sobre la muerte. Pero ¿nos lo creemos de verdad?.

¡Cristo ha resucitado! Y lo ha hecho por todos nosotros y por todos los hombres. El es la primicia y la plenitud de una humanidad renovada. Su vida gloriosa es como un inagotable tesoro, que todos estamos llamados a compartir desde ahora.

A los bautizados, nos recuerda San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios…” (Col 3,1). Celebrar a Cristo resucitado significa también reavivar la vida nueva que los bautizados hemos recibido en la fuente del bautismo: una vida que rompe las fronteras del tiempo y del espacio, porque es germen de eternidad; una vida, que anclada en la tierra, vive, sin embargo, buscando los bienes de allá arriba, los bienes del Reino de Dios: la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Celebrar a Cristo resucitado nos llama a vivir libres de la esclavitud del pecado y en el servicio constante del Dios vivo, presente en los hombres y en la creación.

¡Cristo ha resucitado! Y está aquí en medio de nosotros. Y nos habla al corazón. Él está aquí, y nos cura de nuestras dudas y nuestros miedos. Él está aquí, y se deja palpar y exhala su Espíritu en nosotros. Él está aquí, y nos alimenta con su palabra y con su cuerpo. Él está aquí, nos renueva, nos fortalece y nos ofrece la alegra pascual.

¡Cristo ha resucitado! Él nos envía a ser testigos de su resurrección. Hemos de contar lo que hemos visto y oído. Como los Apóstoles, estamos llamados a ser ante todo testigos del Señor Resucitado y de su resurrección, mediante un testimonio creíble por las obras, que sea señal de vida y de esperanza para el mundo. Porque vida y esperanza es buscar sinceramente la presencia de Cristo y confesar públicamente el nombre de Jesús, su mensaje, su salvación. Porque vida y esperanza es recibir la gracia que se ofrece en la fe y en los sacramentos pascuales para tener la fuerza necesaria para seguir fielmente a Cristo y dar testimonio de Él con la palabra y, sobre todo, con las obras.

Vivamos como hombres nuevos, renacidos con Cristo resucitado. Seremos hombres nuevos si buscamos sinceramente la verdad y el bien, y vivimos en consecuencia; si estamos abiertos al Espíritu; si nos aceptamos gozosos como imagen e hijos de Dios; si nos revestimos de Cristo e imitamos al Maestro; si vivimos permanentemente agradecidos a la bondad de Dios; si hacemos de la caridad y del amor fraterno norma constante de vida. Hombres nuevos son los que han resucitado con Cristo, gozan con la esperanza y se alegran con el bien. Hombres  envejecidos, por el contrario, son quienes se empeñan en la mentira, en la codicia, en la envidia, en reducir todo a materia, dinero o placer carnal; hombres envejecidos son los que se empeñan en desconocer su origen divino y su destino eterno, y caminan por este mundo sin razón de ser ni horizonte que alcanzar; los que cierran en sí mismos; los que han perdido la capacidad del agradecimiento, porque la indiferencia y el egoísmo les ha secado el alma; los que no aman a nadie y ni desean ser amados por nadie; los que no saben perdonar ni aceptan el perdón; los que han perdido la capacidad de esperar.

La resurrección del Señor puede cambiar todo: podemos pasar de la cruz al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así debe ser nuestra pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, del pecado a la virtud, de la mentira a la verdad.

¡Cristo ha resucitado! Y con su resurrección toman nueva vida todas las cosas. Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres y mujeres. ¡Cristo ha resucitado y está vivo entre nosotros. Él está realmente presente en el sacramento de esta Eucaristía. Él se nos ofrece como Alimento de los peregrinos. Ha resucitado Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Aleluya!

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Celebración litúrgica del Viernes Santo

Segorbe, S.I. Catedral-Basílica, 25 de marzo de 2016

(Is 52,13 – 53,12; Sal 30; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42)

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Es Viernes santo. La escucha y contemplación de la pasión de nuestro Señor Jesucristo nos adentra en la celebración litúrgica de este día santo. Hemos recordado y acompañado con piedad a Jesús en los pasos de su vía dolorosa hasta la Cruz. El Señor es traicionado por Judas; es asaltado, prendido y maltratado por los guardias; es negado por Pedro y abandonado por todos sus apóstoles, menos por Juan; una vez, condenado por pontífices y sacerdotes indignos, juzgado por los poderosos, soberbios y escépticos es azotado, coronado de espinas e injuriado por la soldadesca; luego es conducido como reo que porta su cruz hasta el lugar de la ejecución; y, por fin, es crucificado, levantado en alto, muerto y sepultado.

En la Cruz contemplamos el ‘rostro doliente’ del Señor. El es ‘siervo paciente’, el ‘varón de dolores’, humillado y rechazado por su pueblo. En la pasión y en la cruz contemplamos al mismo Dios, que asumió el rostro del hombre, y ahora se muestra cargado de dolor. Es el dolor provocado por el pecado. No por su pecado personal, pues es absolutamente inocente; es el dolor provocado por la tragedia de mentiras y envidias, traiciones y maldades de la humanidad que se echaron sobre él, para condenarlo atropelladamente a una muerte injusta y horrible. Él carga hasta el final con el peso de los pecados de todos los hombres y con todo el sufrimiento humano. Con su muerte redime al mundo. Jesús mismo había anunciado: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por la multitud” (Mc 10,45).

En la Cruz contemplamos su cuerpo entregado y su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Cristo sufre y muere no por otra razón sino “por nuestros pecados” (1 Co, 15,3) y “por nosotros”: a causa de nosotros, en favor de nosotros y en lugar de nosotros. Su mayor dolor es sentirse abandonado por Dios; es decir, sufrir la experiencia espantosa de soledad y vacío que sigue al pecado, que sigue al alejamiento de Dios. Él, que no tenía pecado alguno, quiso llegar hasta el fondo de las consecuencias del mal. Por eso en sus últimos momentos grita: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”(Mc 15,34).

En la Cruz, Jesucristo carga con el dolor de muchos hermanos, que hoy padecen angustia y desconcierto, en parte por sus pecados, pero mucho más aún por los pecados de los demás, por las violencias y por los egoísmos humanos, que los aprisionan y esclavizan, por las corrupciones y por tantos otros males y pecados. Viernes Santo hoy es la miseria y el hambre de millones de hermanos en todo el mundo; es la muerte de tantas criaturas no nacidas que no verán nunca la luz; son los desgraciados enganchados en la droga, al alcohol y al sexo; son los esclavizados por el dinero; son los enfermos desahuciados por el sida, los ancianos abandonados, los esposos e hijos de matrimonios rotos, los padres y los jóvenes sin trabajo y sin un previsible futuro, los amenazados de desahucio, los refugiados rechazados como mercancía. La Cruz de Cristo está formada por las lágrimas, por el abatimiento y la triste­za, por la soledad o por la enfermedad, por el dolor o por la muerte. La Cruz está ahí, en todas partes: y siempre en ella el Crucificado. “¿Dónde está vuestro Dios, nos preguntan ante tanta cruz en el mundo?”, “Ahí, responde­mos, en la Cruz, crucificado”. Siempre con los crucificados, unido a los padecimientos y sufrimientos de los hombres, nunca huyendo de ellos.

Pero en la oscuridad de la Cruz rompe la luz de la esperanza. “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho”(Is 52,13). El Siervo de Dios, aceptando su papel de víctima expiatoria, trae la paz, la salvación, la justificación, la esperanza y la luz de muchos. En la Cruz, “Dios estaba reconciliando consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). La Cruz, a la vez que descubre la gravedad del pecado, nos manifiesta la grandeza e infinitud del amor misericordioso de Dios, que quiere librarnos del pecado y de la muerte. Desde la Cruz, el Hijo de Dios, padeciendo el castigo que no merecía, mostró la grandeza del corazón de Dios, y su infinita misericordia; y exclama: “!Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”(Lc 23,34).

La salvación es la liberación del hombre de todo sus pecados, de sus males y miserias, y la reconciliación con Dios y con los hermanos. La salvación es toda ella obra de Dios, fruto de su amor infinito. Porque sólo el amor infinito de Dios hacia los hombres pecadores es lo que salva; el amor de Dios es la única fuerza capaz de liberar y justificar, de reconciliar y santificar.

En la Cruz, el amor de Dios, eterno en su misericordia, se ha abrazado para siempre con el hombre y con el mundo. El Hijo de Dios, revestido de nuestra carne pecadora, realiza su propia misión en total libertad y obediencia al Padre. En su vida y en su muerte. El sí del hombre al amor de Dios en Cristo Jesús se expresó definitivamente y para siempre en la aceptación de la muerte, en el sacrificio de la cruz. Jesucristo crucificado, que se entrega a la muerte por amor en obediencia al Padre, es el ‘amén’ del hombre al amor de Dios.

Apenas el hombre, en Cristo Jesús, dio su respuesta al amor de Dios, este amor eterno invadió al mundo con toda su fuerza. “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12 32). La Cruz se convierte en el ‘árbol de la vida’ para el mundo: en ella se puede descubrir el sentido último y pleno de cada existencia y de toda la historia humana: y éste no es otro que el amor de Dios.

En Viernes Santo, Jesús convierte la Cruz en instrumento de salvación universal. Desde entonces la Cruz ya no es sinónimo de maldición, sino signo de bendición. Al hombre atormentado por la duda y el pecado, la cruz le revela que “Dios amó tanto al  mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). En una palabra, la cruz es el símbolo supremo del amor de Dios. “Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para alcanzar misericordia”. El amor de Dios requiere ser acogido; el amor del Amante espera de la respuesta del amado. Sin esa respuesta no se produce la obra del amor de Dios; Y esto significa juicio y condenación, significa vivir alejados del amor de Dios y hundidos en nuestras miserias, dolor, injusticias y mentiras.

Contemplemos y adoremos con fe la Cruz de Cristo. Miremos al que atravesaron. Miremos a Cristo: contemplemos su sufrimiento causado por el pecado, por la crueldad e injusticia humana. Contemplemos en la Cruz a los que hoy están crucificados, a todas la victimas de la maldad humana, a los que sufren y tienen que cargar con su cruz. Miremos el pecado del mundo, reconozcamos nuestros propios pecados, con los que Cristo tiene hoy que cargar.

Contemplemos y adoremos la Cruz. Es la manifestación suprema del amor misericordioso de Dios, la expresión del amor más grande, que da la vida para librarnos de la muerte eterna. Si abrimos nuestro corazón a la Cruz, sinceramente convertidos y con verdadera fe, el amor de Dios nos alcanzará. Y el Espíritu de Dios derramará en nosotros el amor y podremos alcanzar la salvación de Dios.

Al pie de la cruz la Virgen María, unida a su Hijo, pudo compartir de modo singular la profundidad de su dolor y de su amor. Nadie mejor que ella nos puede enseñar a amar la Cruz. A ella encomendamos en especial a todos los que sufren a causa de su pecado, del egoísmo, de la injusticia o de la violencia. A ella encomendados a los enfermos y a los cristianos perseguidos a causa de su fe en la Cruz. ¡Que la cruz gloriosa de Cristo sea para todos prenda de esperanza y de salvación¡ Amén.

 

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón